Puede que sea su última película. Puede que hayamos asistido a un brillante broche de oro a una carrera pluscuamperfecta. Lo que es una certeza entre tantas posibilidades es que con esta El Chico y la Garza el realizador japonés Hayao Miyazaki ha firmado la más brillante sesión inaugural del Festival de San Sebastián en mucho tiempo.

Tan compleja como esa adolescencia que se inicia con la pérdida de una madre. Tan protectora como esa madrastra que no se resigna a ser «la otra». Todo esto y muchísimo más se reúnen en esta El chico y la garza. Miyazaki inicia la cinta con la muerte de la madre y el abandono del hogar (Tokyo) como hitos que marcan la pérdida de la inocencia infantil del protagonista. Un prólogo dramático que continua con la nueva vida del protagonista. El chico del título es el mundo real en el que se va infiltrando ese otro mundo, el fantástico, a través de la garza. Mundos condenados a no conocerse, pero en cuya intersección se instala la segunda mitad de la película.
Un mundo en el que la guerra, el ansia del poder, los tabúes son tan o más reales que en el nuestro. Pero un mundo, al fin y al cabo, en el que se cuenta con más posibilidades de enfrentarse a ellos. ¿Una forma elegante de Miyazaki de decirnos que es posible un mundo mejor? Probablemente. Y también peor, claro. En los años que han pasado desde que presentara El viento se levanta (2013), Miyazaki ha pasado de la resignación ante el desmoronamiento de una vida a una reivindicación de la vida misma. Vivir es sufrir, sí. Pero también es jugar y disfrutar jugando.
Podemos ver esta cinta como el testamento artístico de Miyazaki. Pero quizás sea más correcto hablar de culminación, tanto del arte como de la vida. Su expresión artística está tan cuidada como siempre. Pero en su concepción, en su foco, no está tanto el cierre, el final, como el seguir avanzando. Y aunque, es imposible no vincular la obra a su vida y a sus ochenta y dos años, lo más interesante es que la película encaja como el siguiente paso lógico de su filmografía, sin alardes ni pretensiones de punto final.
Con una animación tan cuidada como siempre, quizás hacia el final hay una acumulación de personajes, de colores, que saturan nuestra atención. Sin embargo, cierra con un epílogo sobrio, que devuelva la calma, pero también la melancolía de saber sobre el dolor que se sustenta esa escena. No hay despedida, no hay conclusión más allá del discurrir de la vida. El Festival cierra con un más que posible adiós. Y es curioso, pero es la mejor bienvenida que nos ha dado el Festival.
