Ryûsuke Hamaguchi se está convirtiendo en un director capital para entender el cine contemporáneo. Tras un pletórico 2021 (Drive my car y La ruleta de la fortuna y la fantasía), el realizador forma parte de la sección Perlak, tras su paso por la Mostra, en la que se hizo con el Gran Premio del Jurado.
La semilla de esta El mal no existe (Evil does not exist) es una suerte de correspondencia artística entre la compositora Eiko Ishibashi y el realizador. La cantautora le pidió a este que ideara un conjunto de imágenes que con las que acompañar una partitura. Hamaguchi aceptó el reto y el resultado de ese esfuerzo creativo es la película Gift, que se estrenará el mes que viene en el Festival de Gante. Gift recoge una interpretación en directo de la obra de Ishibashi al tiempo que se proyectan las imágenes de Hamaguchi. El reverso de esa colaboración audiovisuales El mal no existe. La banda sonora, obviamente, es de Eiko Ishibashi.
Devil does not exist: Hamaguchi y el silencio
Hay algo muy potente en el uso de los silencios y la pausa en el cine Hamaguchi. Siendo un director/guionista al que le gusta dejar hablar durante largas escenas a sus personajes, es muy notable el extraordinario tratamiento de ellos que hace. Como también resulta notable la plasticidad con la que la cámara se adapta a los espacios. Funcionaba en el auto de Drive my car, por ejemplo, y funciona en los espacios abiertos de la aldea donde se desarrolla la acción de El mal no existe. En el cine de Hamaguchi los espacios que ocupan sus protagonistas, es un personaje más. Por último, cabe destacar un tercer ingrediente que da solidez a su cine y que que deriva de su faceta como guionista: la falta de intención aleccionadora. El discurso audiovisual es tan potente y está tan bien escrito que no necesitamos que ningún personaje nos lo explique. Y claro que hay crítica al capitalismo desatado, a la falta de sensibilidad con los entornos naturales, etc., pero esa crítica la extrae el propio espectador de los hechos planteados. Sin moralinas.
Por todo esto, El mal no existe es tan sutil como potente. Un relato que comienza como una denuncia de la sobreexplotación de zonas rurales para el disfrute de los urbanitas; bajo la que subyace, como si de un western se tratara, la falta de respeto que los “forasteros” demuestran por los “nativos”, y acaba defendiendo una suerte de equilibrio natural. Porque la naturaleza puede ser tan sabia como cruel. Según avanza la cinta más conscientes somos de cómo el guión más que ir dejando atrás capa tras capa para alcanzar su corazón argumental, es un todo orgánico sin ideas superfluas, ni subrayados innecesarios.
La aldea donde se desarrolla la acción nos acoge y nos adentramos en sus rutinas con tal normalidad que casi sin darnos cuenta nos sumergimos en la historia. Los tokiotas que llegan para proponer la instalación de un glamping (camping glamouroso, sí), lo hacen ignorando de cómo su acción afectará al equilibrio de la zona. La superioridad del conquistador, más necio que valiente. La reacción de los locales, centrada en una asamblea en la que ponen en evidencia cuán superficial y mal asentada está la idea resulta toda una lección de cine, tanto por composición como por desarrollo de personajes. En esta escena, como sucede con todas las de la película, queda la impresión de que cada diálogo era necesario. El rostro de Hitoshi Omika, en su primer papel como actor tras haber realizado funciones de producción, es de esos protagonistas que de la economía de gestos hace una virtud. Algo más en el debe del realizador: su dirección de actores.
Con un final hipnótico y desconcertante, Hamaguchi nos deja clavados en la butaca. El mal no existe, pero las cosas malas suceden.
Nota: Este texto es una versión del publicado en CINEol como parte de la cobertura del Festival de Venecia.


