‘Skinamarink’: mira debajo de la cama, baja al sótano

El primer largometraje de Kyle Edward Ball busca, y encuentra, el terror de aquello que suele ser más sagrado: el propio hogar.

Cuando comienza el filme, el propio artefacto audiovisual elegido por el director hace que podamos evitar el miedo. Somos demasiado conscientes de que estamos ante una ficción.

Hasta que empiezan los golpes, los susurros. O cuando la cámara deja de mostrarnos la mitad superior de cada estancia de la casa en la que sucede la acción, para ir fijándose en detalles (como los juguetes desparramados por el suelo del salón). La aparente falta de contexto pone en evidencia lo falsa que era la seguridad con la que encarábamos inicialmente el metraje. ¿Quiénes son los pequeños Kaylee y Kevin? ¿Están sus padres en la casa con ellos? Si están, ¿Por qué no interactúan normalmente con sus hijos? La opción contrario, que no estén, resulta tan probable como aterradora.

Con una fotografía muy granulada y oscura, la cinta rehuye del susto fácil y efectista.Busca lo terrorífico en lo cotidiano: en esas sombras que vemos o imaginamos de noche, de bajar a un sótano a oscuras o de mirar debajo de una cama en una habitación a oscuras. Y luego está lo que oímos, claro.

La casa va convirtiéndose en un espacio de cada vez más hostil. Y nosotros estamos atrapados en ella.

Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.