‘Dream scenario’: vivimos en una ciudad de sueños

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La nueva propuesta de Kristoffer Borgli (‘Sick of myself‘, 2022), deconstruye la fama y la enfermiza reacción caníbal de la sociedad ante quien la obtiene. Convincente Nicolas Cage, alejado de tics innecesario.

Durante los créditos finales de ‘Dream Scenario’ suena el tema de Talking Heads, City of dreams. En uno de sus versos, la canción dice «If we can live together, the dream, it might come true» (Si podemos vivir juntos, el sueño, puede que se haga realidad). Cierre tan hermoso como consecuente para una película que plantea el ciclo vital de un sueño de nuestra sociedad: la fama. En este caso, cuando esta le llega a quien no la estaba buscando.

Así, la película conforma un tríptico clásico (auge, desarrollo y caída) de la fama, en un recorrido que bien podría asimilarse al ciclo vital simplificado (nacimiento, crecimiento, muerte). La fama que le llega a un profesor mediocre, padre de familia apocado, un hombre que anhela reconocimiento y obtiene fama. Su aparición en los sueños de su familia y de sus alumnos, avanza con su entrada en los sueños de gente con la que nunca se ha cruzado. Y, claro, lo que soñamos hay que compartirlo en redes sociales, ese escaparte en el que (casi) todos mostramos sin pudor (casi) todo lo que nos sucede. El atajo al reconocimiento era hacerse viral. Cuando el Paul Matthews (Cage) de los sueños abandona su actitud pasiva, tan real, para convertirse en el protagonista de las pesadillas de quienes le sueñan; cuando los sueños dejan de ser un motivo de jolgorio social, entonces se produce la cancelación del Paul «real».

Una de las lecturas de la película reside precisamente en la destrucción de los mitos por los mismos que les auparon. El rechazo también es viral. A través del personaje de Paul Matthews, Kristoffer Borgli reflexiona de nuevo sobre la necesidad de notoriedad. Como ya hiciera en ‘Sick of myself‘, pero aquí desde la involuntariedad, se sostiene sobre un guion más elaborado, que construye el relato sin excesos aleccionadores. La película explora el universo onírico desde el humor, sin caer en la barrabasada. Y aquí hay que apuntar a Nicolas Cage, que abandona el histrionismo y juega con las posibilidades de su personaje tanto en la realidad como en los sueños, oponiéndolas o fusionándolas, en una interpretación «muy Cage», dicho esto en el mejor de los sentidos.

Justo antes del epílogo, la película imagina el siguiente paso en esta escalada por etiquetar y poner precio a todo. Y si bien no desentona, se antoja un paso en falso en el hilo argumental, un penúltimo apunte tramposo para dar paso a un estupendo final.

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