El universo Marvel, tantas veces acusado de repetirse, de ironizar sobre sí mismo hasta la autoanulación,encuentra en Thunderbolts una inesperada bocanada de seriedad y sobriedad emocional.
Y no es que estemos ante una reinvención radical, pero sí ante un producto que renuncia a disfrazar el dolor con chistes y que, al menos durante buena parte de su metraje, se atreve a tomar en serio la salud mental de sus personajes. El resultado es una película desigual, pero notable en su ambición, con hallazgos visuales y emocionales que resuenan más allá de la típica batalla final.
Lo primero que llama la atención de la cinta es que el grupo de antihéroes que le da título no está unido por la camaradería ni la justicia, sino por la culpa, el trauma y una desesperada búsqueda de redención. En ese sentido, la película funciona como una especie de eco distorsionado de Los Vengadores, donde en lugar de iconos resplandecientes tenemos figuras heridas, rotas, que cargan con una oscuridad que no se resuelve con una frase ingeniosa. Justamente, es el tratamiento de esta dimensión más íntima lo que diferencia a Thunderbolts de sus predecesoras inmediatas.
Sebastian Stan, como el Soldado de Invierno, ofrece una de sus interpretaciones más creíble en el Universo Marvel. Ya no es solo un asesino reprogramado, que corre de un lado a otro con morro torcido, sino un hombre atrapado en el remordimiento y la imposibilidad de confiar. Florence Pugh, por su parte, encuentra nuevos matices en Yelena Belova, alejándose del carisma fácil para ofrecer una actuación más cruda y sincera, con destellos de rabia y vulnerabilidad que la vuelven más humana.
La película se beneficia también de una dirección artística más contenida, menos colorida y chillona, pero no por ello menos efectiva. De hecho, uno de sus mayores logros visuales es la representación de “el vacío”, esa amenaza abstracta que aquí adopta la forma de una silueta negra que se deshace como tinta sobre papel. El guiño al lenguaje del cómic no es gratuito: se intuye el rastro de una tragedia gráfica en esta mancha que devora lo que toca, como si la desesperanza fuera una entidad física.
La banda sonora de Son Lux acompaña esta tonalidad más sombría con acierto, combinando sintetizadores densos y motivos orquestales que refuerzan la tensión sin caer en lo obvio. No hay temas memorables al estilo Avengers, pero sí una atmósfera sonora coherente con el descenso emocional de los personajes.
Frente a la tendencia autoconsciente que domina muchas entregas del MCU —donde todo parece dicho con un guiño al espectador—, Thunderbolts se permite una seriedad que puede desconcertar, pero también emocionar. No todo funciona: hay subtramas que resultan forzadas, algunos personajes no terminan de encontrar su lugar, y el clímax vuelve a caer en la grandilocuencia habitual. Pero lo que queda es el intento, honesto y a ratos conmovedor, de hablar del daño que los superhéroes también sufren, no solo causan.



