Sam Shepard: la voz del desierto

Actor, escritor, dramaturgo. Shepard fue un hombre que supo convertir el silencio en herencia.

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Hay figuras que no necesitan levantar la voz para permanecer contigo. No destacan por sus discursos ni por los grandes gestos. Se imponen, más bien, como un murmullo que atraviesa el tiempo. Sam Shepard fue una de esas presencias. No era solo un actor, ni solamente un dramaturgo, ni siquiera —aunque lo fuera— un guionista. Era algo más esquivo. Más intuitivo. Alguien que parecía arrastrar el polvo del desierto, el peso de lo que no se dijo, de lo que se perdió por el camino. En pantalla, no actuaba: habitaba. Como si cada personaje suyo viniera de muy lejos, cargando con una historia que nadie había querido escuchar.

Lo cierto es que su obra teatral —con títulos como Buried ChildTrue West o Fool for Love— es canónica en el teatro norteamericano. Pero en el cine dejó una huella igual de profunda, aunque más silenciosa. Y es que Shepard no necesitaba lucirse. No buscaba el foco. Bastaba con su manera de estar. Transmitía una masculinidad que ya no se ve mucho: quebrada, introspectiva, atravesada por la experiencia. En películas como The Right StuffBlack Hawk DownDays of Heaven o Mud, parecía llevar algo roto por dentro. Su personaje no lo decía, pero Shepard lo transmitía.

Sam Shepard en «Days of Heaven» (1978), de Terrence Malick.

Y luego está Paris, Texas. Qué decir. Si tuviera que elegir una sola pieza para entender el alma de Shepard, probablemente sería esa. Curiosamente, es una en la que no aparece en pantalla, pero su voz lo impregna todo. El guion que escribió junto a L.M. Kit Carson no es solo uno de los más bellos del cine estadounidense: es una radiografía del alma de un hombre que ha dejado de hablar porque ha comprendido demasiado. Travis, ese protagonista herido que decide desaparecer antes que herir a quienes quiere, es puro Shepard. Paris, Texas no es solo una road movie ni una historia de redención: es una carta de amor (y de despedida) a todo lo que no supimos conservar.

Y lo más curioso es que Shepard escribió ese guion sin recorrer los paisajes que Wim Wenders filmaría. No le hacía falta. Él ya había estado allí, aunque solo fuera en su imaginación. Su escritura —seca, precisa, pero llena de grietas— no busca resolver nada. No hay moralejas. Solo preguntas sin respuesta. Y personajes que se definen por lo que han perdido, no por lo que les queda.

Ron Galella/WireImage

Como actor, Shepard tenía un radar especial para detectar personajes con esa misma energia. En The Right Stuff, por ejemplo, da vida a Chuck Yeager, el mítico piloto de pruebas. Un tipo terco, silencioso, que no necesita discursos: simplemente sube a un avión porque lo lleva en la sangre. En Days of Heaven, aparece poco, pero cada plano suyo pesa. Un hombre que observa más de lo que dice, que sospecha pero no acusa, y cuyo destino trágico parece escrito desde el primer plano.  Y en The Assassination of Jesse James by the Coward Robert Ford, es Frank James: seco, autoritario, una sombra que impone con solo existir, calladamente.

Una de las cosas que más impresionaban de Shepard era esa capacidad para estar sin invadir. No necesitaba el primer plano, ni el diálogo más brillante. Su poder estaba en mirar, en dejar espacio. Era de esos actores que hacían que los demás brillasen más, simplemente porque sabían cuándo no hacer nada. También como escritor ofrecía eso: espacio. Un terreno para que otros lo habitaran. Lectores, directores, actores. Una mirada clara, sin florituras, que apuntaba siempre a la herida.

Lou Reed, Sam Shepard y Wim Wenders, en 1994Catherine McGann/Getty Images

Cuando murió en 2017, hubo una sensación difícil de explicar. No era solo tristeza. Era la conciencia colectiva de haber perdido una voz que hacía falta. No porque contara grandes historias —que también—, sino porque sabía contarlas desde otro lugar: uno donde el silencio pesa, donde la identidad no está cerrada, donde el paisaje no es solo fondo, sino personaje.

Porque, además de actor y dramaturgo, Shepard fue un escritor formidable. Uno de esos raros casos en los que cada frase parece dictada por alguien que ha vivido demasiado. En libros como Locos de amorCrónicas de motel o Espía de la primera persona, construye un mundo de moteles polvorientos, carreteras infinitas y hombres que duermen con una maleta medio hecha. Son textos breves, casi esbozados, pero cargados de vida. Escribe como si escuchara. Como si alguien nos hablara desde otro lugar. Uno donde el vacío no es falta de sentido sino espacio para respirar.

Espía de la primera persona, su último libro, es distinto. Un testamento, sí. Pero también una despedida íntima, vulnerable, desgarrada. Lo escribió ya enfermo, observando su propio cuerpo como si fuera otro. Con esa mezcla de ternura y resignación que solo alguien en paz puede sostener. En ese libro, como en su cine, no hay grandilocuencia: solo una conciencia aguda del tiempo y del silencio.

Nos queda su obra. Y nos queda Paris, Texas. Queda ese monólogo final, dicho detrás de un cristal, donde un hombre que ya no espera nada encuentra, por fin, las palabras. Shepard escribió ese texto. Escribió el silencio antes del temblor. Y el temblor mismo. Escribió lo que muchos hombres nunca llegaron a decir. Y por eso, quizá, sigue ahí. Como una voz que no se apaga. Como alguien que no se fue del todo.

Sam Shepard en el Festival de Sundance, 2014 (Dan Steinberg/Invision/AP)

CODA

Volver hoy a las películas de Sam Shepard es como volver a un tipo de cine que ya no se filma. Un cine sin prisas, sin certezas, sin la necesidad de explicarlo todo. Cine donde las miradas pesan y los gestos cuentan más que los giros de guion. Verle en pantalla —o leer entre líneas su sombra— es una forma de resistirse al olvido. Porque en cada escena suya hay algo que se rompe y algo que, sin saber cómo, se recompone. Como Travis, caminando hacia el horizonte. Sin promesas, pero con una especie de paz.


Quizá, en el fondo, eso era Shepard: un cartógrafo de ausencias.

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