Hay películas que no se contentan con contar una vida: necesitan demostrar, plano a plano, que son cine con mayúsculas. Eterno visionario, la ambiciosa aproximación de Michele Placido a la figura del dramaturgo Luigi Pirandello, es una de ellas. Y esa necesidad constante de subrayar la puesta en escena termina por entorpecer lo que podría haber sido una obra sólida.
Lo mejor de la película, sin duda, está en el teatro. Las escenas sobre las tablas —dirigidas con brío, bien iluminadas, con un sentido visual claro— funcionan como pequeños oasis de modernidad sin perder coherencia. También es destacable la fotografía de Michele D’Attanasio, que aporta textura y riqueza cromática incluso en los pasajes más grandilocuentes.
Pero más allá de esos aciertos, pesa el exceso autoral de Placido. Hay un empeño constante por demostrar que sabe encuadrar, mover la cámara, componer planos ambiciosos. Un afán de demostrar capacidad en cada escena, en lugar de confiar en la historia. Y lo curioso es que esa historia —la de un hombre con luces, sombras y contradicciones— parece interesarle menos que su propio artificio.
Fabrizio Bentivoglio, como Pirandello, realiza una interpretación entregada, mejor cuanto más teatral es el contexto. En lo íntimo, sin embargo, su personaje se diluye, víctima de un guion que salta entre registros sin terminar de asentarse en ninguno. La película prefiere al poeta romántico y atormentado evitando cuanto puede lo político: pasa de puntillas por su respaldo del escritor al régimen de Mussolini y se olvida de su feroz individualismo. Lo que queda es una figura simplificada, encandilada por su musa Marta Abba (Federica Vincenti) y perseguida por un pasado convenientemente edulcorado. En cuanto a Valeria Bruni Tedeschi, resulta sobreactuada (sí, incluso para lo que nos tiene acostumbrados).
Eterno visionario trata de evitar la composición del biopic clásico, pero no consigue consolidar una propuesta propia. Se debate entre lo académico y lo impostado, entre la reverencia y la afectación. Un film que quiere ser arte y termina siendo estilo.

