Gracias principalmente a la Sección Perlas, el Festival de San Sebastián siempre funciona como un puente entre lo que ya ha resonado en Cannes y Venecia, entre otros, y lo que está por llegar en la temporada. Una especie de segunda vía para películas que, tras la tormenta de titulares en otros certámenes, encuentran aquí un público diferente: menos crispado que el de la Croisette, menos solemne que el del Lido, y con una entrega que convierte cada pase en un acontecimiento colectivo.

De Venecia llegan dos títulos que, a su manera, condensan lo mejor que dio aquel certamen. La Grazia, de Paolo Sorrentino, es una obra que respira a través de silencios y miradas, música electrónica y diálogos endiabladamente divertidos. Combina el peso de la tradición italiana con un pulso narrativo del cineasta. Una película que cuenta con una magnifica interpretación: la del ganador de la Copa Volpi, Toni Servillo.
También Nuestra tierra, que en su momento no llegué a comenta (lo siento, CINEol): un retrato social cargado de humanidad, atento a los pequeños gestos y al paisaje como reflejo de sus personajes. Es cine que pide paciencia, pero que recompensa con honestidad. Su directora, Lucrecia Martel, juega con el significado del título (¿De quién? ¿Qué tierra?), según avanza el documental.

Desde Cannes desembarcan algunos de los nombres más sonoros del año. Un simple accidente, de Jafar Panahi, ganadora de la Palma de Oro, es cine seco, preciso, sin aderezos en el que el humor negrísimo y la reivindicación social conviven en primoroso equilibrio. Habrá que ver cómo reacciona el público donostiarra, menos condicionado por la etiqueta de “ganadora” y quizá más dispuesto a dejarse llevar por su contundencia.
Sentimental Value, de Joachim Trier, confirma la madurez de un director que lleva tiempo diseccionando emociones contenidas, y que aquí construye una película íntima y elegante, sin caer en lo afectado. No fue la mejor de la Competición Oficial (esa fue Resurrection, de Bi Gan), pero sí la que personalmente más me emocionó. Y, por último, destacar The Love That Remains, de Hlynur Pálmason, reafirma esa mirada hipnótica, de texturas visuales y tiempo suspendido, que ya definía sus trabajos anteriores, pero que aquí viene aliñado con toques de humor geniales. No todos conectarán con su cadencia, pero los que lo hagan encontrarán un cine que envuelve y perturba a partes iguales.

Y luego está una cuenta pendiente personal: La misteriosa mirada del flamenco, en Horizontes Latinos. La vi en otro festival con la fatiga acumulada de varias proyecciones y apenas pude entrar en su propuesta. Esta vez pienso saldar esa deuda: un festival también es eso, un reencuentro con lo que se quedó en la cuneta por cansancio o falta de perspectiva.
Esta previa no es más que un aperitivo. Ecos de Cannes y Venecia que sirven de referencia, pero San Sebastián siempre tiene la capacidad de darles un nuevo significado. Aquí las películas se miran con otros ojos: los de un público que aplaude, o no, con fervor, que debate en las colas, que convierte cada proyección en un ritual. Y esa energía, año tras año, es lo que distingue al Zinemaldia.
Llama la atención, eso sí, que ni el Oso de Oro ni el León de Oro se vayan a ver en esta edición.
