Alejandro Amenábar recupera aquí su mejor versión. Tras unos últimos trabajos que dejaron cierto sabor agridulce —Mientras dure la guerra como ejercicio correcto pero frío, y la serie La Fortuna directamente decepcionante—, el director vuelve con una película que recuerda por qué seguimos esperando con ganas cada uno de sus estrenos.

En El Cautivo, Amenábar convierte los años de Miguel de Cervantes en Argel en un homenaje al poder liberador de las historias. Aunque gran parte del metraje transcurre entre los muros de la prisión, la producción brilla en todos sus apartados: ambientación, vestuario, maquillaje y peluquería lucen a nivel sobresaliente. Es cierto que en ocasiones todo parece excesivamente pulido para la época retratada, pero el despliegue visual está a la altura de una superproducción internacional.
Lo que realmente engrandece la película es la mirada de Amenábar hacia Cervantes como narrador nato. El escritor, interpretado por Julio Peña, utiliza su imaginación para ofrecer un escape mental a los prisioneros, y en esas secuencias la película se eleva. Se percibe el disfrute del director al rodarlas y se contagia al espectador, que acaba mirando con una sonrisa cómplice esas pequeñas fugas de la realidad.
Julio Peña va creciendo con el personaje: al principio correcto, casi tímido, termina imponiéndose con convicción a medida que Cervantes gana peso en la prisión. Frente a él, el personaje de Blanco de Paz, un Fernando Tejero que roza en exceso la caricatura, funciona como contrapunto censor y encarna el poder asfixiante de la Iglesia de la época. La contrapartida luminosa la pone Miguel Rellán, magnífico como Miguel de Sosa, defensor de una fe construida desde el perdón.
Uno de los grandes aciertos es el Bajá de Argel, interpretado por Alessandro Borghi. Su magnetismo llena la pantalla y ofrece a Cervantes una ventana a otra manera de vivir, reforzando esa lectura libertina del amor que atraviesa la película. Un tema que Amenábar conecta con la libertad de elegir, de contar y de imaginar, en contraste con la doctrina impuesta por la Iglesia.
Las secuencias de fuga, bien construidas y tensas, son quizá la parte más irregular de la cinta. Funcionales, sí, pero demasiado aferradas al manual del cine comercial. En esos momentos uno desea que Amenábar, como Cervantes frente al Bajá, nos sorprenda con algo más arriesgado.
Amenábar firma también la música, con acierto general salvo un momento musical en el primer día de libertad que chirría por tono y ejecución, rompiendo parcialmente la fuerza emocional acumulada.Pese a estos altibajos, El Cautivo es una película que emociona y engancha. Una cinta de aventuras carcelarias con vocación popular que, al mismo tiempo, celebra el poder de la imaginación y del relato compartido. No suele ser habitual escuchar aplausos al final de una proyección, pero ayer los hubo. Como los prisioneros tras las historias de Cervantes, muchos espectadores nos quedamos con ganas de más. Ese es el poder del cine y de las historias: recordarnos que, mientras alguien siga contándolas, siempre habrá un camino hacia la libertad.

