Con sus dos primeros largometrajes, Hereditary y Midsommar, Ari Aster se convirtió en uno de los directores de terror más estimulantes (y polémicos) de la última década. Su siguiente película, Beau tiene miedo, fue un delirio excesivo, estructuralmente caótico, pero fascinante en su apuesta, y supuso su primera colaboración con Joaquin Phoenix. Ahora, en su cuarta obra, Eddington, Aster vuelve a ser irregular, pero esta vez con una obra más centrada y cohesionada que su anterior delirio.

La cinta va claramente de menos a más. La primera hora es un reto: excesiva en metraje, farragosa en cadencia y con situaciones que rozan lo banal, hasta el punto de poner en peligro la paciencia del espectador. Es una cocción a fuego demasiado lento. Pero pasada esa primera parte, la película remonta con fuerza, conecta todas las piezas y estalla en una segunda mitad apasionante, donde la violencia y el humor negro —marca de la casa— se entrelazan para retratar con mordacidad la estupidez humana.
El pueblo de Eddington se convierte en un microcosmos donde Aster traslada la locura de nuestro tiempo: desinformación, fake news, gurús de redes sociales, apropiación de causas sociales por parte de quienes no cargan problemas reales. Situada en mayo de 2020, la pandemia, los negacionistas y el ruido de la paranoia completan una coctelera en la que el director no toma partido, sino que expone lo ridículo y lo hipócrita de nuestra sociedad contemporánea.

El reparto funciona con altibajos: Joaquin Phoenix, en su segunda colaboración con Aster, brilla en un personaje que oscila entre sheriff simplón y figura de sadismo y poder inesperado. Frente a él, un Pedro Pascal desaprovechado en un papel brevísimo, y una Emma Stone correcta como esposa con secretos del pasado. Austin Butler cumple como conspiranoico elevado a líder de opinión por las redes sociales, aunque su personaje está dibujado con trazo grueso.
En lo visual, la fotografía de Darius Khondji es uno de los grandes triunfos: luminosa, casi radiante, en contraste con lo oscuro de lo que se cuenta. La secuencia nocturna con explosión y fuego es de las que se graban en la retina: brillante en fondo y forma. Eddington es una película irregular, exigente y provocadora. Quien logre atravesar la primera hora, se encontrará con un cineasta en estado puro: excesivo, incómodo, brillante en sus mejores momentos y con un humor soterrado que funciona como dinamita. Ari Aster no cocina para el gran público, pero para quienes acepten la apuesta, aquí hay un banquete extraño, arriesgado y, al final, satisfactorio.
