La cuarta jornada del Zinemaldia se movió entre la biografía reinventada, el thriller de ritmo irregular y un clásico que recuerda por qué seguimos yendo al cine: la pantalla grande.

Franz (Sección Oficial)
Agnieszka Holland arranca su biografía de Kafka como uno podría esperar: un arranque oscuro, clásico, con un Idan Weiss sorprendentemente sólido en su debut en el cine para meterse en la piel del escritor. Pero, cuando parece que la película ya ha asentado tono y estilo, Holland da un volantazo. Mantiene la sobriedad para la mayor parte de las escenas de la vida de Kafka, pero intercala recursos mucho más modernos: actores que miran a cámara, escenas que se desplazan a la actualidad para mostrar el impacto de su figura. La osadía tiene momentos algo precipitados, pero la película se las ingenia para aterrizar el mortal hacia atrás en el que la directora se ha metido. Una propuesta muy interesante, aunque uno no deja de preguntarse si arriesga demasiado… o demasiado poco.
Sai: Disaster (Sección Oficial)
Esta película condensa en 128 minutos una miniserie de seis episodios, y ese origen televisivo se nota. El montaje acusa el recorte: alterna escenas que se alargan sin necesidad con otras que se precipitan. El gran sostén es Teruyuki Kagawa, que logra ser una presencia genuinamente perturbadora. El resultado es un thriller de asesino en serie que pretende jugar en la liga de los grandes felinos del género—sí, todos pensamos en Zodiac—pero que no encuentra su propio paso. Una propuesta con atmósfera, pero algo fallida.
Ungrateful Beings (Sección Oficial)
El esloveno Olmo Omerzu firma un drama que arranca en apariencia ligera: David (un sólido Barry Ward, recordado por Jimmy’s Hall de Ken Loach) lleva a sus dos hijos de vacaciones al mar Adriático. Pero su hija de 17 años, Klára, que lucha contra un trastorno alimentario, se enamora de un chico local, Denis. Cuando a este lo acusan de asesinato, la dolencia de Klára se agrava y acaba en el hospital. Omerzu rueda con elegancia, pero el guion se deja llevar por una bola de nieve cada vez más grande y tramposa. Funciona como entretenimiento, no tanto como crítica social: a medida que avanza, la película pierde el tono que ella misma había establecido. Falta humor. Y sí, aún siendo muy diferentes, me dejo sentimientos similares a los de Bad Apples: la que dejan morir era mejor película que la que nos ha llegado (?).
Barry Lyndon (Klasikoak)
Ver Barry Lyndon en pantalla grande es, en sí mismo, uno de los grandes lujos del certamen. Stanley Kubrick mimaba cada detalle: un ritmo pausado que se toma su tiempo para narrar, un reparto excelso y una fotografía que, casi medio siglo después, sigue siendo deslumbrante. Es el recordatorio perfecto de que el cine, cuando se ve como Kubrick quería que se viera, todavía puede dejarte sin aliento.
Un día que alternó la osadía formal con el thriller clasicote y, de regalo, la inmersión en un Kubrick intemporal. Cuatro jornadas después, el Zinemaldia confirma que su mejor virtud es obligarnos a cambiar de registro de una sala a otra.
