High Rise: subida al infierno

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James Graham Ballard nació en Shangay, hijo de padres ingleses, con quienes estuvo encerrado en un campo de concentración japonés. En 1946 regresó al Reino Unido, donde comenzaría la carrera de Medicina, que abandonaría para trabajar como redactor en un periódico. También sería piloto para la Real Fuerza Aérea canadiense hasta que, una vez licenciado, pasó a dedicarse por completo a la literatura. De su pluma han salido mundos distópicos, relaciones sexuales enfermizas y hasta una Guía del milenio para el usuario.

Relató su experiencia en el campo de concentración en la novela “El imperio del Sol”, publicada en 1984 y que sería adaptada al cine por Steven Spielberg tres años más tarde. También han sido adaptadas las novelas “Crash” (David Cronenberg, 1996), “La exhibición de las atrocidades” (Jonathan Weiss, 2000) y, este año, Ben Wheatley ha llevado a la gran pantalla “High-Rise” (o “El rascacielos”). Una de esas películas que han generado amores verdaderos y odios enraizados, pero que no ha dejado indiferente a la crítica que cubre este Festival de San Sebastián.

El rascacielos al que se muda el Dr. Robert Laing es un universo paralelo, en el que el aceite y el agua tampoco se mezclan: todas las necesidades pueden ser cubiertas en el edificio: gimnasio, supermercado, piscina, etc. Pero hay clases, como en cualquier sociedad, y mientras más alta, más cerca del cielo. Aparentemente. Y entre clases y apariencias se desarrolla una historia enfermiza y podrida.

Los arquitectos

La película, como el rascacielos que la protagoniza, necesita de las ideas de sus arquitectos para ese edificio robusto, atrevido y monumental. Como arquitectos principales: Ballard, por supuesto, y Ben Wheatley, quién interpreta y convierte en imágenes las palabras del primero. Además de director, Wheatley es el responsable del guion, labor en la que le acompaña Amy Jump.

También fundamentales los responsables del apartado audiovisual: Laurie Rose, responsable de fotografía; y Clint Mansell, encargado de la banda sonora. El primero logra captar todo rastro de depravación que pueda haber en el edificio. Mansell, por su parte, es un músico acostumbrado a subrayar lo más oscuro de las películas para las que es el responsable de fotografía.

También en este apartado incluiremos a un reparto con unas magníficas interpretaciones de Tom Hiddleston y Luke Evans, cara y cruz durante toda la película: el tipo elegante y el bruto, el que está instalado en una posición acomodada y el que la desea. Ambos están muy bien secundados por Jeremy Irons, Sienna Miller o Elisabeth Moss. Hiddleston, en plena evolución interpretativa, inquieta con ese aire de Hannibal Lecter, un hombre mesurado como disfraz que cubre la verdadera personalidad del monstruo.

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La vida vertical

High-Rise no esconde en ningún momento sus cartas: concentra la eterna lucha de clases sociales en un edificio. Durante la película asistimos a como las clases bajas (plantas bajas, en este caso) ansían la “igualdad” con las clases altas (sí, las plantas altas del edificio). Ese ansia se va transformando en rabia, ante la sensación de haber sido engañados. Y como siempre sucede, la rabia es la antesala de la violencia. La fruta podrida del supermercado es una genial metáfora de que algo no va bien. Y si en las estanterías de la frutería el mal es horizontal, en el rascacielos es vertical, pero con un mismo sentido. No hay distinciones, la putrefacción no conoce de miedo a las alturas.

Los códigos dentro de cada estrato también quedan muy bien definidos. Cuando cierto personaje “cae en desgracia” no es expulsado por sus iguales, pero existe una consideración de haber perdido el lugar que hasta ese momento le correspondía. Un paternalismo social con el personaje de Irons como máximo exponente: creador que juega a ser dios con los habitantes del edificio.

De la película se pueden extraer múltiples lecturas e interpretaciones, pero la moraleja cruel y pesimista pudiera ser que, en ningún caso, la ficción supera la realidad. Que al salir del cine y mirar a nuestro alrededor caemos en la cuenta que la violencia, la pelea han llevado a un cambio, sí: el de las personas que ostentan el poder. Cambio cosmético, ya que el poder siempre está instalado en las mismas plantas del edificio.

Se ha hablado mucho estos días de películas referentes. Se ha citado a Snowpiercer, pero ésta aún funcionando muy bien era siempre un avance continuo (como niveles de videojuegos, como bien definió un compañero en una de las múltiples charlas a las que la película dio pie). En el rascacielos el ascensor es tan metafórico como cada una de las alturas. También se citó a La naranja mecánica muy acertadamente y más por el fondo que por la forma. Sin embargo, una no puede evitar pensar que aún cuando todas estas referencias son válidas, en ese rascacielos viviría muy cómodo Tyler Durden, que viviría en sótanos para servir comida en el ático, que haría del edificio su Club de la Lucha particular.

En conjunto, película ambiciosa en las formas y clara en el fondo. Que como las referencias citadas ha de dividir, pero nunca dejará indiferente. Independientemente de que gane o no algún premio en el palmarés final, ha sido desde su primer pase una de las películas del Festival. Para algunos, entre las que me incluyo, la mejor película de la Sección Oficial.

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