La galaxia menguante

Han pasado siete años desde que Star Wars pisó una sala de cine. Siete años en los que la franquicia encontró en la pequeña pantalla —concretamente en The Mandalorian— algo que parecía haber perdido en los últimos episodios de la saga Skywalker: el pulso emocional de una historia sencilla bien contada. Din Djarin y Grogu conquistaron a millones de espectadores con una premisa que debía poco a la mitología jedi y mucho al viejo cine de aventuras. El salto al cine, en ese contexto, llegaba cargado de expectativa y de una pregunta implícita: ¿puede sostenerse en pantalla grande lo que funcionaba como capítulos de streaming?
La respuesta que ofrece The Mandalorian & Grogu es, en el mejor de los casos, provisional.
El problema no es Grogu. El pequeño aprendiz mandaloriano es, lo sigue siendo, un personaje al que se le coge cariño, algo que Jon Favreau sabe bien —quizás demasiado. Pero el cariño que despierta en nosotros un personaje no es dramaturgia. La película nunca se molesta en darle a este personaje un arco real, una tensión interna, una decisión que importe. Grogu existe aquí como objeto de afecto sin consecuencias narrativas. Din Djarin, por su parte, interpretado por un Pedro Pascal apenas entrevisto bajo el casco, se convierte en instrumento de traslado: de un planeta a otro, de una misión a otra, sin que el guion —firmado por el propio Favreau— enriquezca a ninguno de los dos. La incorporación de Sigourney Weaver como Coronel Ward añade un nombre al cartel, poco más.
Lo que hace más daño, sin embargo, es la atonía visual. The Mandalorian tenía en su textura de western espacial, en la gestión del silencio y la distancia, algo que hacía creíble su universo. La película, en cambio, es tan plana como su guion: correcta en la ejecución de sus set pieces, incapaz de generar un solo instante que justifique el salto al formato cinematográfico. No hay una imagen que se quede. No hay una secuencia de acción que eleve el pulso más allá de lo funcional.
Y ahí reside el engaño central de The Mandalorian & Grogu: busca la complicidad del espectador a través de Grogu —de la memoria afectiva construida en tres temporadas— mientras ofrece a cambio un espectáculo sin alma, un continuo de escenas que se encadenan sin necesidad real. Favreau es un director competente, sí. La competencia, aquí, no alcanza.
★★
