Es quién decide dónde está

Hay una discusión que me incomoda especialmente cuando hablamos de premios cinematográficos y de igualdad: la idea de que celebrar la presencia de mujeres detrás de una cámara pueda convertirse en un argumento para valorar sus películas. La representación importa. La desigualdad histórica en el acceso a los puestos de decisión de la industria es real. Pero de ahí no se sigue que una película merezca un reconocimiento mayor porque corrige una estadística.
El León de Oro de este año para Woman Unknown, de May el-Toukhy, abre esa conversación de forma incómoda. el-Toukhy era la única mujer que dirigía en solitario una película de ficción entre las 21 seleccionadas. La película terminó llevándose también la Copa Volpi para Mathilde Arcel.
No sé qué pesó en la decisión del jurado y no tengo elementos para afirmar que el género de su directora influyó en el fallo. Lo que sí puedo decir, como espectadora, es que la película me pareció floja: la puesta en escena no arriesga nada, el tono solemne aplana un material que pedía más tensión y las actuaciones sostienen mejor la historia que la propia dirección. Ahí está mi discrepancia con el jurado, no en una sospecha sobre sus motivos.
Y aquí es donde, precisamente desde el feminismo, conviene ser cuidadosas con qué tipo de feminismo estamos aplicando. Podemos afirmar que las mujeres no necesitan que les bajen el listón: hay que juzgar la obra y no la identidad de quien la firma. Es un punto de partida razonable y comparto buena parte de él. Pero ese argumento asume algo que merece revisarse: que existe un listón neutral, un criterio de «gran cine» que no está generizado y que solo hay que aplicar sin trampa. En ese sentido, el feminismo materialista lleva décadas mostrando que no es así. El canon de lo que cuenta como cine serio (la contención frente a la emoción, la distancia frente a lo doméstico, ciertos temas de guerra o de poder frente a otros de cuidado o de crianza) se ha construido históricamente alrededor de una mirada masculina, y esa construcción no queda fuera del jurado en el momento de puntuar: forma parte del propio instrumento de medida. Preguntar solo si el jurado premió a el-Toukhy por ser mujer deja fuera una pregunta anterior: si los criterios con los que el jurado mide cualquier película ya vienen sesgados antes de que empiece la deliberación.
Eso no convierte a Woman Unknown en una gran película por decreto. Mi valoración sobre su puesta en escena y su tono se mantiene. Pero sí cambia dónde hay que mirar cuando una competición de 21 títulos solo incluye a una directora en solitario. El problema no está únicamente en el acceso a la financiación o a los circuitos de producción, aunque ahí también está. Está en qué tipo de películas se financian con más facilidad, qué temas y qué formas narrativas se consideran naturalmente «de festival» y cuáles se leen como menores, domésticas o sentimentales antes incluso de ser vistas. Esa criba ocurre mucho antes de que una película llegue a competición, y condiciona qué directoras tienen siquiera la oportunidad de fracasar o triunfar en un León de Oro.
El acontecimiento sigue siendo, para mí, el ejemplo de cómo se sostiene un premio sin necesidad de justificarlo por el género de su autora. Audrey Diwan no necesitaba que nadie defendiera el premio invocando su condición de mujer: la película se sostenía por su puesta en escena, por la interpretación de Anamaria Vartolomei, por la contundencia de su adaptación de Annie Ernaux y por una forma de filmar la experiencia del aborto que convertía la mirada femenina en materia cinematográfica concreta, no en una casilla que marcar. El jurado presidido por Bong Joon-ho premió, a mi juicio, una gran película. Y competía con algunas de las mejores películas de ese año. La diferencia con Woman Unknown no está en el género de sus directoras. Está en que una arriesga en su forma de mirar el tema y la otra lo trata con distancia y solemnidad.
Por eso me interesa menos discutir si el jurado premió a una mujer por ser mujer y más preguntar qué formas de contar historias siguen leyéndose como «cine serio» y cuáles no, y quién decide eso antes de que empiece cualquier festival. Ese debate no se resuelve exigiendo mérito puro, como si el mérito flotara fuera de la historia. Se resuelve revisando quién construyó el criterio con el que medimos el mérito.
