Día 2: la competición se pone seria

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Tras el inicio, un tanto dubitativo, de la Sección Oficial de la mano de Regresióncomienza la competición con tres propuestas muy distintas, y con resultados desiguales.

Truman (Cesc Gay)

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El cine de Cesc Gay está protagonizado por gente corriente, en situaciones habituales, más o menos duras, algo que invoca a la empatía del espectador. También obliga a éste a posicionarse, a enfrentarse a dilemas generados por temas cotidianos. En Truman, el director disecciona el respeto y la comprensión como parte fundamental de una amistad. Porque durante 108 minutos, nos ponemos en la piel de dos personajes que, con todas sus faltas y defectos, nos gustaría vernos reflejados en ellos.

El estudio de la amistad que hace Gay tiene las caras de Javier Cámara y Ricardo Darin, soberbios los dos. De Darin es muy común decir lo de “siempre está bien”. Y es verdad, pero solvencia no implica excelencia. Pues bien, en Truman realiza una interpretación comedida, muy trabajada que, sin ningún tipo de complejo, situamos ya entre lo mejor de su carrera. Esa melancolía con la que dibuja un personaje, tan necesaria como nada impostada, hace que no necesitemos muchos antecedentes para entender a la persona y a sus decisiones. En cuanto a Cámara, no solo es la réplica de un gran Darin, sino que compone un personaje con miedos y flaquezas con tanta naturalidad que desarma. Su punto de vista en esta historia es la del propio espectador: se enfrenta a situaciones y a noticias que, aunque le duela, sólo puede aceptar. Ambos regalan momentos de sonrisas divertidas, pero crecen en los momentos más serios y dramáticos.

Como en todas las películas de Gay, la galería de secundarios es magnífica. Eduard Fernández, Silvia Abascal y Elvira Mínguez destacan independientemente de las palabras que dicen en pantalla. El director, una vez más, se confirma como un excelente director de actores.

También merece destacarse su trabajo como guionista. En una historia en la que podría ser fácil el caer en dramatismos exagerados, Gay apuesta por la contención (que no parquedad). Centra la historia en el ojo del huracán, pero logra no ser absorbido por el drama. De esta manera, guion y reparto son las principales bazas de esta película. La dirección de Gay potencia estas bazas, sin aspavientos innecesarios. Sea buscado o no, el hecho de que el director haya dado un paso atrás no puede dejar de verse como un acierto.

Sunset Song: elegancia y clasicismo

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Lewis Grassic Gibbon publicó en 1932 la novela Sunset Song. Para muchos, es la novela en lengua inglesa más importante del siglo XX. La historia de esa joven Chris Guthrie, que ve como su mundo, que ella entiende idílico, se verá trágicamente afectado por la I Guerra Mundial. La novela ha sido llevada al cine por Terence Davies quien, además, firma el guion.

La película tiene una factura muy clásica y es de ritmo repasado, que no lenta. De esta forma, sentimos el paso del tiempo como lo siente la protagonista, aislada en esa burbuja ficticia, como el mismo condado de Kinraddie. Los cambios que va experimentando la joven los va marcando Davies con aproximaciones distintas: selecciones de los lugares en los que se desarrolla la historia, con opresivos interiores y tranquilos exteriores; la fotografía de Michael McDonough, bellísima y bien ejecutada, que acentúa la belleza de Kinraddie o las sombras de la familia de la protagonista, etc.

Al contrario del planteamiento de Thomas Vinterberg en “Lejos del mundanal ruido”, que se aproximaba de una forma más ligera al mundo de su protagonista, Davies se mantiene fiel a su clasicismo, a esa estructura que ha sido definido como “sinfónica”. De esta manera, el propio estilo de Davies le sienta bien a la historia, pero no arriesga, como sí hacía Vinterberg.

Agyness Deyn, protagonista de la película, logra transmitirnos la forma en la que su personaje está en sintonía con el exterior: el conflicto con su violento padre, magníficamente interpretado por Peter Mullan; la paz que siente cuando alcanza la mayoría de edad y en las primeras etapas de su matrimonio; el desgarro con el que vive la forma en la que Gran Guerra irrumpe en su vida. En todas las etapas, Deyn transmite convincentemente las sensaciones de su protagonista.

En conjunto, la película tiene las armas necesarias para presentar pelea de cara al palmarés. Pero, sobre todo, es un buen ejercicio estilístico de un Davies que no se traiciona a sí mismo.

Evolution: el imperio del sinsentido

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La película de Lucile Hadzihalilovic puede convertirse en la inclasificable de este Festival, y en la que genere más división de opiniones. Esa isla habitada por madres e hijos, varones todos, en la que la ciencia médica ha sido transformada en un medio para convertir en diosas a sus habitantes, es un paisaje casi onírico que alimenta pesadillas. Tantas como las que nos producen esas madres y enfermeras de cejas rubias y ojos negros.

Sin querer entrar en polémicas sobre géneros y límites sobrepasados, lo cierto es que la película flaquea en dos apartados fundamentales: ritmo y escenarios. Los 81 minutos de duración llegan a ser una dura cuesta que parece que no llega a su fin; en cuanto a los lugares en los que se desarrolla la historia, los exteriores están muy por encima de unos interiores que, por momentos, se antojan decididamente descuidados. Que se pretenda dar la sensación de burdo, bien. Incluso de mal sueño, pero no acaba de cuadrar con otros aspesctos mucho más pulcros. Y aquí no nos atrevemos a afirmar que esa sea la intención de la directora, porque para algunos esas intenciones no quedan claras.

El planteamiento visual de Hadzihalilovic se ve arrastrado por esos lastres, y una historia que deja demasiadas dudas. Finales abiertos, cuestiones sin respuesta… Todo esto valdría si tuviéramos alguna base sobre la que plantearlos. Desgraciadamente, por mucho que intentamos escarbar, no logramos ver más allá de un conjunto pretendidamente misterioso, pero que se mira demasiado al ombligo como para transmitir al espectador.

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