Día 3: comedias y excesos en la Sección Oficial

Día 3

Mi gran noche: la fiesta se acabó

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Si de algo no podemos acusar a Alex de la Iglesia es de engañarnos. Bueno, ni a él ni a la campaña de marketing que gira alrededor de su nueva película, Mi gran noche. Es una obra inclasificable: ¿comedia? Sí, pero ácida. ¿Drama? También aunque cargada de ironía… Al final, se trata de “una película de Alex de la Iglesia” con sus excesos, risas que esconden miserias, y miserias de las que nos reímos para no llorar.

Mi gran noche tiene en su haber dos personajes antológicos: el Alphonso, al que da vida Raphael; y Adanne, personaje interpretado por Mario Casas. El primero, que es parte Darth Vader y parte autoparodia se convierte rápidamente en uno de esos personajes que quieres que tengan más tiempo en pantalla; el segundo, que reúne la esencia del cantante-latino-desmaya-adolescentes-que-previamente-le-han-lanzado-su-ropa-interior, vuelve a dejarse arrastrar la locura de De la Iglesia, quien extrae él otro gran personaje cómico. La película funciona con la frescura de uno y la mala leche del otro.

A ellos podemos añadir a Carmen Machi y a Jaime Ordóñez, que si bien no revolucionarán el mundo de la comedia, logran destacar en sus apariciones. En menor medida, y aunque solo sea por sus escenas con Raphael, también Carlos Areces saldría airoso. El resto de historias y personajes, ayudan a poner en perspectiva la locura que es una gala de Nochevieja (cuando no estaban construidas de refritos de galas anteriores), y la propia locura de los personajes, pero no llegan a ser más que tramas de relleno, con chistes intranscendentes y, en algunos casos, graciosos.  

La película de Alex de la Iglesia está lastrada, posiblemente, por su propia idea de partida. Porque, más allá de esos personajes de cantantes de éxito, Mi gran noche no acaba de arrancar. O mejor dicho, funciona el duelo generacional de cantantes, pero no llega a más. Nos queda la sensación de haber asistido a una película creada alrededor de caricaturas y estas, a diferencia de los personajes paródicos no son suficientes para sostener la trama.

Más allá de la historia, poco que destacar a nivel de montaje o fotografía, por ejemplo. Consiguen transmitir el estrés de estas falsas fiestas y a nivel de montaje, la película tiene buen ritmo. Es dinámica y, por momentos, explosiva. Pero los méritos cinematográficos quedan lastrados por cierta sensación de chiste alargado. De todas maneras, y a pesar de todo lo dicho, la película merece la oportunidad que les damos a este tipo de galas televisivas: disfrutamos de algunas actuaciones y nos dejamos llevar por el espíritu festivo. Vista desde esa premisa sí puede resultar disfrutable.

21 nuits avec Pattie: de ausencias y desapariciones

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La película de los hermanos Arnaud y Jean-Marie Larrieu es la otra cara de la moneda: comedia que trata en clave de humor temas trascendentales y, en algunos casos, directamente escabrosos. El desconocimiento de los propios padres, la falta de deseo sexual, la liberación del mismo, los juegos de identidades, la pérdida de un ser querido, etc. Todo ello es abordado desde con un tono ligero, cómplice con el espectador. Esa ligereza es sobre la que se construye el personaje de Pattie, mujer de parloteo incesante, que se lleva los mejores momentos de la historia.

Cada vez que Pattie descoloca a la protagonista con una de sus historias de proezas sexuales, disfrutamos de su desinhibición, gracias a unos diálogos muy ágiles y a las sorprendidas reacciones que estos generan en esa Caroline (Isabelle Carré) que acaba de perder a una madre a la que apenas conocía. Cuando el foco pasa de la comedia al misterio, la película baja un poco de ritmo y de nivel, pero sigue funcionando. Y cuando, en la parte final de la película, ese foco pasa a lo esotérico y metafísico, y Pattie pasa a un segundo plano, la historia se resiente.

Con todo, los primeros sesenta minutos resultan frescos, entretenidos, pero estas sensaciones se pierden en la segunda parte de la película. Ese giro coincide con el del personaje del “escritor”, cuya transición del histrionismo cómico a la macabra seriedad resulta un poco burda, y arrastra consigo a la película (y a Pattie). Al final queda un producto en tierra de nadie: poco destacable, ni por lo bueno ni por lo malo.

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