La trampa de “La seducción”

Cuando pocas semanas antes de que diera comienzo la 70ª edición del Festival de Cannes se presentó su sección oficial, enseguida se destacó la poca presencia de directoras. Naomi Kawase presentaba su bellísima Hikari (Radiance), Lynne Ramsay la aplaudida You were never really here. También competía Sofía Coppola, quien, con La seducción, adaptaba de nuevo la novela de Cullinam, explorando el juego de seductores y seducidos, como ya hiciera Don Siegel en 1971. No faltaron voces que se apresuraran a cuestionar una cinta que se veía como un “remake”. “Relectura”, nos dijeron desde el Festival. Quizás se debería haber confiado un poco más en las palabras Thierry Frémaux.

A Sofia Coppola no le pesa el apellido. No le ha pesado nunca. Desde Las vírgenes suicidas ha ido estudiando diferentes facetas de la femineidad y también de la soledad. Se pueden establecer varios paralelismos, entre aquellas jóvenes hermanas y las señoritas sureñas que protagonizan La seducción. Algunos evidentes: ya que, si bien en esta ocasión no hay una madre castradora, sí hay una institución (la escuela de Miss Martha) en la que se instruye y constriñe a las jóvenes. Otros resultan más sutiles, pero es evidente que en La seducción, las normas morales y la situación social resultan una prisión tan efectiva como las ideas religiosas fanáticas de la Sra. Lisbon.

En La seducción , la guerra es una amenaza indefinida que se torna tangible y humana en la figura del cabo McBurney (Colin Farrell), el enemigo herido que es acogido en la residencia. Figura masculina que irrumpe en ese pequeño universo femenino. Es el enemigo que se instala en la casa. La disputa por el afecto de ese hombre, una fruta prohibida en un pequeño e irreal mundo donde se aprende francés y comportamiento decoroso. Prohibida y, por lo tanto, aún más apetecible. Todas tienen motivos para intentar seducir al malherido cabo (desde los más fundamentales a ensoñaciones de una vida diferente, voluptuosas o inocentes). Y el objeto del deseo cree poder manipular ese impulso para su propio beneficio. La seducción de cada una de las mujeres como seguro para mantenerse alejado de la guerra y de su dudoso papel en ella. El cabo cae en su propia trampa por un motivo tan sencillo como habitual: menospreciar al enemigo. Sobre todo, cuando este lleva faldas.

La película de Siegel se llamó aquí El seductor. En ella, era la figura masculina la que ejercía de eje alrededor del cual gravitaban las damas. Coppola huye de esa figura heliocéntrica, para contraponer dos fuerzas de atracción, los personajes son más bien imanes, que se atraen y se repelen. Es el propio acto de seducción el verdadero protagonista de la película. Es posible que tras las cámaras Coppola sea antítesis de Siegel en casi todos los aspectos. Sin embargo, las películas más que oponerse se complementan. Coppola elimina las tramas que cree innecesarias para dar forma a su relato y se centra en el desarrollo de los personajes, dejando atrás lecturas políticas o sociales. Se centra en el estudio del poder que cada personaje pretende ejercer sobre los demás. Para ello, la cámara parece seguir cada gesto, cada mirada, de una forma sutil. No pretende subrayar lo evidente. Además, gracias a una cuidada fotografía, todas las escenas de interiores nos adentran en habitaciones sombrías, como las intenciones de los habitantes de la casa.

La fuerza visual de la película es indudable. La elección de cada plano, la posición de la cámara respecto a ciertos personajes y ante determinadas acciones. Lo que muestra, lo que esconde. Todo medido para transmitir al espectador la intención de cada momento, de cada personaje. En cuanto al reparto, si bien todos nos brindan buenas interpretaciones, hay que destacar el trío de féminas que forman Nicole Kidman, Elle Fanning y Kirsten Dunst.

Es posible que la película no le de nuevos adeptos a la directora (quien, por cierto, logró el premio a la Mejor Dirección del certamen), pero afianza aún más si cabe su ya sólida carrera.

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