El cine de Naomi Kawase (I): sus primeras obras

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Una de las películas que se podrán ver en la sección oficial de la próxima edición del Festival de San Sebastián será Visión, el nuevo largometraje de la realizadora japonesa Naomi Kawase. Habitual en el circuito de festivales europeos, el cine de Kawase (Nara, 1969)  suele girar alrededor de la intimidad y la búsqueda de la identidad, todo ello marcado por una notable delicadeza.

Tras la separación de sus padres, la pequeña Naomi fue adoptada por los tíos de su madre, de quienes toma el apellido. Sin embargo, es la figura de su tía abuela, Uno, la que se demuestra fundamental en su desarrollo personal y que centrará sus primeras obras. Licenciada en la Escuela de Fotografía de Osaka, donde sería docente durante cuatro años, no tardaría en comenzar su carrera cinematográfica con varios cortos. En 1997 se convirtió en la ganadora más joven de la Cámara de Oro del Festival de Cannes con su primer largometraje: Moe no suzaku. Diez años después, volvió a Cannes con El bosque del luto, y recibió el Gran Premio del Jurado de aquella edición . También ha participado en el Festival de San Sebastián: su documental Genpin (2010), obtendría el Premio FIPRESCI. Aguas Tranquilas (2014), Una pastelería en Tokio (2015) y Hacia la luz (2017) fueron todas estrenadas en el Festival de Cannes.

Con este como primero de varios artículos, y hasta el inicio del Festival, revisaremos la obra de la directora. Empezamos este acercamiento a la obra de Kawase repasando sus primeros mediometrajes y su primer cortometraje, en los que explora su relación con su tía abuela.

Ni tsutsumarete (Embracing) (1992)

A los veintitrés años Kawase debutaba en la dirección con este mediometraje autobiográfico. En él se siguen dos líneas argumentales: la que relatan sus protagonistas y la que relatan las imágenes. El desarrollo artístico del relato es en sí mismo un argumento, formado por un collage de imágenes, diálogos e impresiones.  La duda que parece atormentar a la directora, si debe o no reunirse con su padre, se plantea desde el primer momento,  y a partir de ahí se desarrolla la justificación del anhelo insatisfecho (el acercamiento al padre) y la revelación de la relación con su tía abuela como el cimiento personal de Kawase.

La angustia de Kawase se percibe en las conversaciones que tiene con sus allegados y también en el tratamiento de su propia imagen. La directora se nos muestra desenfocada, filmándose a sí misma en un espejo, en una imagen que se centra en la cámara, posiblemente reconociéndola como su ancla personal entre las dudas que su situación familiar le genera.

Su visión contemplativa de la naturaleza y el mimo con el que muestra los detalles más mundanos, es una primera aproximación a un estilo personal que iría perfeccionando durante su carera.

Caracol (Katatsumori) (1994)

Dos años más tarde, Kawase volvería a producir un mediometraje y, de nuevo, se centraría en su vida familiar. En esta ocasión, la protagonista es Uno (su tía abuela)  a la que seguimos en su día a día, sobre todo en los rituales que lleva a cabo para el cuidado de su huerto. Familia y naturaleza de nuevo son los componentes con los que hila la historia.

Quizás ya de una forma más consciente, la directora introduce el tercer elemento que será más o menos evidente en sus obras posteriores: el tiempo. O mejor: lo efímero. La fugacidad de los momentos hermosos y cotidianos. La cámara sigue a Uno con delicadeza, atrás queda la desavenencia generada por la insistencia de Naomi en buscar a su padre. Quizás consciente de que debe aprovechar el tiempo que pueda quedarle con la anciana, la realizadora se aproxima a ella con cariño y cierta reverencia.

Ten, mitake (See Heaven) (1995)

En 1995, la directora cambiaba de formato y producía su primer cortometraje. Centrado de nuevo en Uno, en esta ocasión la imagen nos la muestra en su pequeño huerto. Mientras, oímos los mensajes del contestador de la directora. En esta ocasión no hay interacción entre ambas mujeres. El blanco y negro da pasa a los tonos azulados de la segunda mitad del corto, en la que vemos a la protagonista realizando tareas al aire libre.

En este cortometraje, sin diálogos, es interesante la gama cromática que nos muestra. Pero, sobre todo, resulta interesante observa a un personaje que de cada vez le da menos importancia a ser grabada y a la que acompañamos en su cotidianidad.

 

Hi wa Katabuki (Sun on the Horizon) (1996)

En esta ocasión, Kawase opta por la contemplación de la naturaleza (flores, gotas de lluvia), mientras una niña nos lee unas cartas (voz en off). Con la segunda carta, empiezan a aparecer en pantalla niños pequeños, un bebé en brazos de una mujer y, finalmente, Uno nos guiña el ojo. Se inicia aquí un intermedio en el que la propia Kawase saluda a la cámara, que es sostenida por una anciana Uno. A partir de aquí vuelven los atardeceres, los tomates recién recogidos. Y Uno, siempre Uno.  A través de la lluvia y las flores, Kawase nos recuerda la belleza del momento, por efímero que sea.

La segunda parte de la cinta nos muestra varias conversaciones entre ambas mujeres. Parece que con los años Uno se ha acostumbrado a las ausencias de la directora y a la presencia de la cámara. Muñecos de nieve que se derriten y última imagen de Uno.

 

 

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