[68 SSIFF] Jornada inaugural: el festival dentro del Festival

Nada como una cortinilla con ritmo para animar los ánimos de los asistentes al estreno de la nueva película de Woody Allen. Ritmo y palmas tras el recordatorio de las normas básicas de civismo en tiempos de pandemia. Palmas y ritmo justo antes de que en la pantalla apareciera la tipografía Windsor.

Rifkin’s Festival‘: el greatest hits de Woody Allen

Los más “clásicos” y los más hípsters, sabrán que un disco de vinilo tiene dos caras. Normalmente en la cara A suelen aparecer las mejores canciones del disco en cuestión (salvo en el Achtung Baby (U2), que da igual por dónde lo pilles de lo buenísimo que es). Después llegarían las listas de reproducción y la posibilidad del modo random, para acabar con el orden y la disciplina musical. Pues como si de una selección de sus momentos favoritos del cine se tratara, mezclados con algún que otro chascarrillo de producción propia, Woody Allen ha hecho de Rifkin’s Festival su lista de reproducción de momentos cumbres del cine.

Están Orson Welles, Fellini, Godard, Buñuel, Truffaut, Bergman, Renoir. Y están las alusiones a enfermedades terribles, colonoscopias, judíos, prensa pedante, prensa iletrada o prensa más preocupada por la carnaza que por la obra. Crisis de identidad, crisis sentimentales. Y está Donostia, que luce fantástica a través de la cámara de Storaro.

A partir de esto, Rifkin’s Festival tira de reparto, en el que destacan Elena Anaya, un desbocado Sergi López y una elegante Gina Gershon. Pero sobre todo, y siendo justos, Louis Garrel que hace suyo a ese director francés grandilocuente en actos, que enamora a la prensa y a sus jefas de prensa. No nos olvidamos de Wallace Shawn, interpretando a Woody Allen, algo sobre lo que no tenemos datos, pero tampoco dudas. El actor queda un poco difuminado respecto a sus compañeros de reparto, quizás lastrado por un texto que le obliga a ser el centro de momentos cómicos sin resultar nunca especialmente gracioso.

En conjunto, Rifkin’s Festival resulta una película, sobre todo, amable. Una inauguración un tanto plana, pero entretenida.

Nuevo Orden: cuando la revolución da un giro de 360º

Con la nueva propuesta de Michel Franco, ganadora con el Gran Premio del Jurado del Festival de Venecia de este año, se ha inaugurado la Sección Perlak de este año. Un relato sobre la involución dentro de la (falsa) revolución. Porque de las enseñanzas que pretende impartir Franco sacamos varias conclusiones: la primera es que cuando se está en la cúspide de la sociedad, uno es capaz de cualquier cosa para mantenerse ahí. Algo que parece irrefutable y que hemos visto en el cine en muchísimas ocasiones. Y aún más veces en la realidad. La segunda, mucho más discutible, es que no hay nada positivo que aliente un cambio de orden. El mensaje de Franco parece decirnos que el pretendido cambio nos va a dejar peor de lo que estábamos. Porque la revolución es un juego entre bandos con el cupo de miserables excedido. Y en el fuego cruzado se sitúa el excluido de ambos mundos, sin voz ni fuerzas, y sin armas para defenderse.

La película desprende cierto olor desagradable, provocado no solo el propio relato, sino también por cómo se estructura dicho relato. La búsqueda de la belleza estética en el estercolero social en el que se asienta la cinta funciona en el uso del color: el verde de la revolución, el rojo de la novia, hija de familia pudiente, y el azul del poder económico y militar. La idea no funciona tanto a nivel de montaje, muy pendiente de coger desprevenido al espectador y no tanto de reforzar al relato en sí mismo. El uso de la luz también tiene intención: la oscuridad perenne en la que viven los instigadores del nuevo (des)orden y la claridad de los espacios ocupados por las familias pudientes.

Quizás pretende mostrarnos la cruda realidad desde un punto de vista transgresor, pero una no puede evitar pensar, y esto es algo totalmente subjetivo, que la película da el mismo giro que la realidad que pretende mostrar. Tan interesada en enseñarnos los males de un alzamiento mal dirigido, que parece indicarnos que es mejor quedarse quieto. Si no, hay que elegir entre ser miserable o ser aún más miserable.

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