[68 SSIFF] Segunda jornada: en clave femenina

Segunda jornada y primera decepción en la sección oficial. Y no ha sido la peor de la jornada.

Akelarre: brujería y performance en el siglo XVII

La segunda jornada ha empezado con la película de Pablo Agüero. Desde el litoral vasco, nos lleva al siglo XVII, a un periodo oscuro en el que las mujeres que sabían bailar eran las más peligrosas. Sobre todo, las mujeres jóvenes y libres, aún dueñas de su cuerpo. Una libertad que asustaba a los encargados de administrar tanto la justicia divina como la de La Corona. La llegada a una localidad de marineros del juez Rostegui trastocara las vidas de un grupo de jóvenes, que son acusadas de brujerías y de celebrar ritos satánicos.

El relato del encarcelamiento, el interrogatorio y la búsqueda de pruebas que demuestren que la mano del maligno está detrás del canto y la danza de las jóvenes, conforma una gran coreografía de elementos. Todo tiene su lugar, ordenado para que en cámara apreciemos cada detalle. Hasta tal punto, que parece una performance. Una que hubiera funcionado mucho mejor en el escenario de lo que lo hace en la pantalla.

Es curioso como el canto de libertad de las jóvenes no se traslada a la pantalla, oprimido por el peso de una puesta en escena muy encorsetada. Todo pulcro y ordenado, fácil de ver. Pero que no transmite ni siquiera un poco del horror al que se debieron enfrentar quienes eran declaradas herejes y condenadas a morir en la hoguera por el mero hecho de bailar a la luz de la luna.

En el reparto, destacar a Amaia Aberasturi. Su mirada inicialmente cándida, pero que va adquiriendo matices según avanza la película, es de lo más destacado de la cinta.

Passion Simple: la noche le confunde

A estas alturas, parece innecesario repetir que una mujer puede hacer con su cuerpo lo que quiera. Que ha de poder llevar una vida sexual consensuada y plena, sin tener que dar explicaciones por ello. Pues aunque lo parezca, de repente nos llegan películas como Passion Simple. Que confunden tanto los conceptos más básicos, que el relato que defienden queda como una propuesta grotesca.

Le llaman amor y lo que vemos en pantalla es una cosificación del hombre (que de ser al revés nos provocaría un rechazo tremendo). Le llaman libertad sexual y asistimos al sometimiento voluntario, a ir dejando entre las sábanas la propia voluntad, personalidad y la dignidad. Porque nuestra protagonista reclama para ella un amor como el que dice entregar, pero cuando hay un atisbo de reciprocidad se pierde el atractivo. Le llaman personaje con matices, complicado… Y lo que tenemos es una caricatura simplista. Personaje dibujados a brochazos que resultan inverosímiles.

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