[AFF2026] «Una segunda vida»: el eco y Bergman

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Slama, una promesa que no necesita gritar

Hay directores que se juegan la película entera a una sola carta y depositan en su protagonista todo el peso del envite, como quien confía una casa a un solo pilar. Laurent Slama no cae en esa tentación con Una segunda vida: el relato no se sostiene sobre Agathe Rousselle (Titane, 2021), sino que se construye alrededor de ella.

Elisabeth, su personaje, es una joven con problemas auditivos que acepta trabajar como anfitriona de Airbnb en un París a punto de inaugurar sus Juegos Olímpicos. Gente y ruido por todas partes: Elisabeth se acerca, sin aspavientos, al límite de lo que puede soportar. Cruzarse con un norteamericano que aparenta vivir sin ataduras ni planes la obligará a reiniciar el sistema y a replantearse alguna que otra decisión.

Hay un detalle que un cinéfilo no puede dejar pasar: el personaje se llama, con nombre y apellido, Elisabeth Vogler, la actriz muda de Persona que Ingmar Bergman le dio a Liv Ullmann. La broma tiene además una vuelta de tuerca, nunca mejor dicho: Slama firmaba sus dos películas anteriores, Paris Is Us y Roaring 20’s, bajo ese mismo seudónimo. Cansado de esconderse detrás de Vogler, decidió jubilarla regalándosela a Rousselle. Y por si el paralelismo no fuera ya suficientemente descarado, donde aquella Vogler eligió el silencio, esta lo padece: muda por voluntad propia una, sorda por enfermedad la otra, las dos igual de aisladas por él. Se agradece que el gesto no se quede en un mero guiño erudito y funcione también como radiografía del personaje.

La película es más amable que dramática. Y ahí está su primer acierto: no cae en la trampa del buenrollismo infantilizante que tienta a tantas cintas de sanación exprés. No todo va a salir bien —faltaría más—, la cuestión es aprender a encajarlo, sin moralinas ni discursos de autoayuda disfrazados de guion.

Formalmente, Una segunda vida juega bien su baza más arriesgada: el sonido. Instalada en el punto de vista de Elisabeth, la película nos sumerge en un mundo donde los volúmenes altos molestan y a veces resultan casi insoportables. Se pierden fragmentos de conversación que el contexto reconstruye por nosotros, un truco sencillo que aquí funciona como debería. El montaje, sin efectismos, transmite la soledad de la protagonista sin subrayarla con photoshop emocional.

Una segunda vida es la tercera película de Laurent Slama, quien esquiva con oficio los tics propios de quien todavía siente la necesidad de demostrar algo. De paso, nos recuerda lo excelente actriz que es Rousselle, algo que después de Titane convenía no dar por sentado. El resto del reparto no desentona, lo cual ya es un gran cumplido en según qué producciones.

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