Minotaur: debí tirar más fotos

el

Después de ganar el Gran Premio del Jurado en CannesMinotaur llega ahora a San Sebastián para inaugurar Perlak. Y lo hace confirmando algo que ya parecía evidente desde The Return: Zvyagintsev entiende como pocos que una familia puede ser también un país en miniatura.

Hay películas que llegan a un festival con una historia detrás. Minotaur llega, además, con la historia de su director. Andrey Zvyagintsev regresa a las pantallas nueve años después de Loveless y lo hace después de un periodo especialmente duro: en 2020 sufrió una grave infección por COVID-19 que le mantuvo cuarenta días en coma y le dejó casi un año sin poder caminar. Tras recuperarse en Alemania se instaló en París y decidió no regresar a Rusia en el contexto de la guerra iniciada por su país. Ahora vuelve con una película rodada desde el exilio y llega a San Sebastián como película inaugural de Perlak y respaldada por el Gran Premio del Jurado de Cannes.

No es un contexto menor para una película que transcurre en Rusia en 2022 y que convierte la guerra en una presencia constante aunque apenas la veamos. Zvyagintsev vuelve a la dirección con una película que, bajo la apariencia de un drama doméstico, construye un retrato mucho más amplio de un país y de sus mecanismos de poder.

Lo que parece y lo que es

Minotaur está protagonizada por Gleb, director de una próspera empresa rusa, que vive junto a su mujer Galina y su hijo adolescente en una ciudad de provincias. Su vida acomodada comienza a resquebrajarse cuando las presiones profesionales aumentan y la sospecha de una infidelidad empieza a corroer su relación. Sobre el papel, podría parecer un drama matrimonial de corte clásico. Y, hasta cierto punto, lo es: Zvyagintsev parte libremente de La mujer infiel, de Claude Chabrol.

La guerra no aparece de forma directa en pantalla, pero está presente en cada conversación, en cada silencio y en cada decisión. La esfera privada y la pública terminan contaminándose hasta resultar indistinguibles. Lo que ocurre dentro de una familia reproduce, a otra escala, los mismos mecanismos que funcionan fuera de ella: tráfico de influencias, abuso de poder, obediencia, miedo, intereses cruzados y una idea de la autoridad basada en que siempre hay alguien por encima dispuesto a decidir por los demás.

Pero lo interesante está precisamente en todo aquello que la sinopsis no cuenta.

Estamos en septiembre de 2022, cuando Rusia acaba de anunciar la movilización militar. El alcalde de la ciudad exige a Gleb una lista de trabajadores que serán enviados al frente. La guerra permea cada conversación, cada silencio y decisión. La amenaza exterior se introduce en la intimidad de una familia hasta hacer imposible separar una cosa de la otra.

Zvyagintsev vuelve a utilizar la familia como una miniatura del sistema político y social. El tráfico de influencias, el abuso de poder, las relaciones basadas en la conveniencia y una determinada concepción de la autoridad atraviesan tanto la vida privada como la esfera pública. Y ahí aparece el Minotauro del título. No solamente como referencia mitológica, sino como representación de una violencia que permanece encerrada dentro del laberinto hasta encontrar una salida. El monstruo no es una amenaza exterior: forma parte del propio sistema y de quienes lo habitan.

El prodigio formal

El aparato audiovisual de Minotaur vuelve a demostrar por qué Mikhail Krichman es uno de los colaboradores fundamentales del cine de Zvyagintsev. Los encuadres tienen una belleza fría y precisa, pero nunca parecen construidos para ser admirados por sí mismos. Todo está al servicio de la historia. El diseño sonoro trabaja en la misma dirección: los silencios pesan tanto como los diálogos y contribuyen a crear esa sensación de peligro permanente.

También el montaje resulta especialmente eficaz. Zvyagintsev firma también la edición de la película y consigue un ritmo ágil que permite seguir las distintas capas del relato sin convertirlas en subrayados. Cada información llega cuando debe llegar y cada pieza termina ocupando su lugar.

Las interpretaciones están a la altura de esa precisión. Dmitriy Mazurov construye a Gleb como un hombre acostumbrado a pensar que controla su vida hasta descubrir que quizá nunca ha tenido tanto control como creía. Iris Lebedeva, por su parte, consigue que Galina conserve una opacidad que podría confundirse fácilmente con frialdad, pero que también puede leerse como una forma de supervivencia.

El regreso

Desde The Return, merecedora del León de Oro en Venecia, hasta ElenaLeviathan o Loveless, Zvyagintsev ha construido buena parte de su cine alrededor de personajes atrapados en sistemas familiares, económicos o políticos que terminan revelando algo mucho más grande que sus propios conflictos. La crítica a la sociedad y política rusa actual siempre ha estado ahí. Minotaur continúa esa línea, pero incorpora de manera explícita el contexto de la guerra y la experiencia de una sociedad sometida a ella.

En Cannes escribí que era la película más redonda de aquella edición. Meses después, la sensación permanece. Hay películas que sobreviven al festival en el que se descubren. Minotaur es una de ellas.

Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.