Pedro en el país: ¡Viva la revolución!

el

Benjamín Naishtat es ya uno de esos nombres inevitablemente asociados al Festival de San Sebastián. Aquí presentó Rojo, con la que ganó la Concha de Plata a la mejor dirección en 2018, y regresó en 2023 junto a María Alché con Puan, premiada por su guion y por la interpretación de Marcelo Subiotto. Ahora ambos vuelven a trabajar juntos en Pedro en el país, que inaugura Zabaltegi-Tabakalera.

El título puede llevarnos inevitablemente a Pedro y el Capitán, la obra teatral de Mario Benedetti. Allí Pedro es un preso político sometido a tortura por un capitán que intenta quebrarlo y conseguir información. La obra, escrita en 1979, utiliza ese enfrentamiento entre víctima y verdugo para hablar de la represión política, la dignidad y la resistencia.

Aquí el Pedro es otro. Pero también es un hombre atravesado por la historia política de América Latina. Pedro Catella, hijo de Alicia Eguren y adoptado por John William Cooke, fue agente de la resistencia peronista desde los nueve años y combatiente en la sierra del Escambray a los diecisiete. Su vida parece diseñada para atravesar algunos de los episodios fundamentales de la historia revolucionaria latinoamericana del siglo XX.

Y durante 61 minutos, Pedro Catella se sienta frente a la cámara y cuenta. Podría haber sido un documental puramente periodístico, construido alrededor de una sucesión de datos, fechas y acontecimientos históricos. No lo es. Alché y Naishtat encuentran un acercamiento mucho más cinematográfico al personaje. La cámara observa, escucha y, sobre todo, deja espacio para que Catella construya su propio relato.

Porque Catella tiene algo fundamental para cualquier película basada en un testimonio: sabe contar. Su forma de recordar, de enlazar episodios y de detenerse en determinados momentos consigue capturar la atención durante más de cincuenta minutos en los que habla de su participación en la resistencia de izquierdas frente a la ola de fascismo y golpismo que recorrió América Latina cuando Europa ya había conocido su propio desastre.

Hay episodios familiares —su madre encarcelada, el exilio, la relación con Cooke— y otros directamente vinculados a la lucha política y revolucionaria. Pero Pedro en el país no necesita reconstrucciones ni grandes dispositivos para hacerlos presentes. Le basta con la memoria de quien estuvo allí.

Y esa es probablemente su mayor virtud. Los 61 minutos resultan contundentes en el contenido, pero nunca tienen la sensación de estar acumulando información. Hay una voluntad cinematográfica de escuchar al protagonista y de convertir su memoria en materia narrativa.

Pedro en el país es, en definitiva, un brillante ejercicio de memoria y un documental que demuestra que a veces no hace falta hacer demasiado cuando delante de la cámara tienes a alguien que sabe contar una vida extraordinaria.

Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.