Tangles: dibujar la memoria

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Un diagnóstico de Alzheimer, una familia intentando asumir la enfermedad y una persona que poco a poco deja de ser quien era parecen ingredientes perfectos para buscar la lágrima. Tangles, sin embargo, decide transitar por otro camino. Y ahí está buena parte de su encanto.

Leah Nelson adapta la novela gráfica autobiográfica de Sarah Leavitt con una elegante animación en blanco y negro, capaz de ofrecer momentos visualmente fabulosos sin que el dispositivo formal se imponga nunca sobre la historia. La animación podría haber servido para representar de manera más evidente la pérdida de memoria, deformar la realidad o convertir la enfermedad en un espectáculo visual. No lo hace. La película entiende que lo duro está en otro sitio: en lo cotidiano, en los pequeños cambios, en las situaciones incómodas y, sobre todo, en el proceso de asumir lo que está ocurriendo tanto por parte de la enferma como de quienes la rodean.

También funciona especialmente bien el montaje, que sabe alternar los momentos de humor con el peso dramático que la historia requiere. Nelson no entiende que tomarse en serio el Alzheimer implique eliminar cualquier espacio para la risa. Al contrario, el humor forma parte de la manera en que una familia intenta convivir con una situación que no puede solucionar.

El guion es igualmente hábil. No busca sobredramatizar ni convertir cada escena en una lección sobre la enfermedad. Prefiere observar cómo afecta a los allegados, cómo modifica las relaciones y cómo obliga a todos a aprender una nueva manera de convivir. Hay dolor, pero también desconcierto, cariño, frustración e incluso momentos absurdos. La película no necesita subrayarlos.

La pelicula también tiene una dimensión reivindicativa que amplía el relato.Tangles habla del arte como elemento de sanación, pero también reivindica la sexualidad y la vida afectiva de sus protagonistas. La enfermedad no convierte a las personas en simples enfermos o cuidadores: siguen teniendo deseos, vínculos, necesidades y una identidad que merece ser preservada.

Quizá por eso la película funciona mejor cuando no intenta explicar el Alzheimer, sino cuando muestra cómo se aprende a vivir alrededor de él. Su animación es hermosa, su montaje encuentra un equilibrio muy difícil y su guion demuestra un pulso notable para no caer en la manipulación emocional.

Una buena película, tanto por lo puramente cinematográfico como por la delicadeza con la que nos cuenta su historia.

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