Amanda Kernell llega a San Sebastián después de haber construido una filmografía muy vinculada a las identidades, las comunidades y los conflictos de quienes viven en los márgenes. Su debut, Sami Blood, obtuvo en Venecia el Europa Cinemas Label y el premio Fedeora a la mejor dirección novel; después llegaría Charter, seleccionada en Sundance y representante de Suecia en los Óscar. Ahora compite por la Concha de Oro con Brace Your Heart, una película que vuelve a situarse en la Sápmi sueca.

Ejva tiene veinte años y hereda de su padre un rebaño de renos que debe sacar adelante. En una comunidad pequeña y aislada, Heaika, el líder local, se enamora de ella y Ejva acaba aceptando una relación que no parece responder exactamente a sus deseos. La llegada de Nejla, prima de Heaika, hará que descubra por primera vez el amor y desencadenará las consecuencias de unos celos que terminarán afectando incluso a su capacidad para cuidar el rebaño.
Pero Brace Your Heart es bastante más que una historia de amor, celos y violencia. Lo verdaderamente interesante está en el retrato de esa comunidad como un pequeño mundo en el que los roles parecen permanecer inmutables por mucho que pasen los años.
Fuera del trabajo con los renos, apenas parece existir otro horizonte que el de la mina. Y en ese universo cerrado, las mujeres han quedado en los márgenes. Pueden hacer exactamente los mismos trabajos que los hombres, pero continúan siendo observadas desde una condescendencia que se da por asumida. Hay una frase especialmente reveladora: «A la gente le preocupaba que vuestro padre solo tuviera hijas». Resume en unas pocas palabras toda una forma de entender el lugar que corresponde a una mujer en esa comunidad limítrofe con Noruega.
Para plasmar esta realidad, la película hace pocas concesiones al espectador. Se apoya en unas interpretaciones extraordinariamente contenidas y de escasa expresividad, marcadas por largos silencios que acentúan una atmósfera opresiva. Esta asfixia ambiental envuelve por completo a la protagonista, quien, incluso en medio de los inmensos espacios abiertos de la tundra, se siente permanentemente observada y juzgada. No obstante, esa dureza formal y narrativa encuentra su contrapeso en una fotografía sumamente cuidada. Un trabajo de cámara que huye conscientemente de los encuadres preciosistas —esos que corren el peligro de convertir el paisaje en una postal turística— para mostrar de forma descarnada, áspera y profundamente eficaz la cruda realidad que ahoga a la joven Ejva.
Y hay algo inquietante en que Brace Your Heart sea, evidentemente, una ficción y no un documental. Porque cuesta verla y pensar que ese mundo sea una pura construcción cinematográfica. No tengo ninguna duda de que sociedades así existen aún dentro de Europa. Una película dura, contenida y deliberadamente incómoda sobre un mundo que ha cambiado mucho menos de lo que debería.
