Krux: la cinta negra

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En los últimos días de la Segunda Guerra Mundial Alemania ya no estaba luchando por ganar la guerra. Estaba asistiendo a su propio derrumbe. Mientras las tropas aliadas avanzaban por el país, la propaganda nazi seguía alimentando el miedo a la invasión y presentando la resistencia hasta el último hombre como una cuestión de supervivencia nacional. Hitler se suicidaría el 30 de abril de 1945. Alemania capitularía pocos días después.

Krux se instala precisamente en ese momento. En un pequeño pueblo del noreste alemán donde los hombres están en el frente. Allí quedan mujeres, niños y algunos hombres que han podido permanecer en casa. La vida continúa con sus rituales de siempre. La escuela. La iglesia. El trabajo. Las bodas. Hasta que el río empieza a devolver cadáveres y el miedo sustituye a cualquier certeza. El régimen ha ordenado que no quede nada vivo que pueda encontrar el enemigo.

Es imposible no pensar en El hundimiento. Si la película de Oliver Hirschbiegel encontraba en el búnker de Hitler la imagen de un régimen incapaz de aceptar su propia derrota, Krux desplaza esa misma idea hasta una pequeña comunidad. Aquí el hundimiento no sucede bajo tierra. Sucede en las casas. En la escuela. En las conversaciones. En la cabeza de quienes todavía creen que todo puede terminar bien.

Y ahí está una de las grandes virtudes de la película de Ulrike Tony Vahl. Le interesa más mostrar cómo una ideología puede sobrevivir incluso cuando los hechos ya la han desmentido. Cinematográficamente, Krux resulta mucho más poderosa de lo que su condición de debut podría hacer pensar. La fotografía de Piotr Sobociński Jr. construye un paisaje sombrío que nunca busca la postal. El montaje de Nikodem Chabior mantiene un ritmo firme incluso cuando la película introduce nuevas capas de tensión. La dirección de actores es igualmente notable. Los personajes parecen atrapados dentro de un mundo en el que cualquier gesto puede tener consecuencias.

También destaca una dirección artística que convierte el pueblo en algo más que un escenario. Es un espacio cerrado sobre sí mismo. Una comunidad que ha aprendido a obedecer antes incluso de que nadie tenga que darle una orden. El problema aparece cuando la película insiste demasiado en sus metáforas. Los animales se convierten en un recurso recurrente para representar aquello que está sucediendo entre los seres humanos. Algunas de esas imágenes son de una enorme potencia. Otras explican demasiado aquello que ya habíamos entendido. Krux parece confiar tanto en la fuerza de sus símbolos que en ocasiones cree necesario repetirlos. Pero la película nunca pierde el pulso.

Y entonces aparece inevitablemente La cinta blanca, la obra maestra de Michael Haneke. Las dos películas transcurren en momentos históricos distintos. Haneke se situaba en una comunidad rural alemana justo antes de la Primera Guerra Mundial. Vahl lo hace cuando la Segunda está llegando a su final. Pero ambas encuentran algo parecido en la manera en que las ideas pueden convertirse en instrumentos de destrucción.

En La cinta blanca la autoridad, la disciplina y la obediencia van moldeando a una generación hasta convertir la violencia en algo casi cotidiano. Krux muestra otro mecanismo. El patriotismo convertido en miedo. La defensa de la patria convertida en justificación para destruir aquello que supuestamente se pretende proteger. Hay una escena especialmente perturbadora en la que unos gatos son ahogados. La niña que participa en ello lo justifica con una frase que resulta mucho más terrible por su aparente inocencia: «Es por su bien».

En cualquier caso, Krux no es una imitación de La cinta blanca. Lo inquietante es que ambas entienden que el verdadero peligro de determinadas ideas aparece cuando dejan de parecer ideas y empiezan a convertirse en comportamientos cotidianos.

Krux habla del final del nazismo, sí. Pero también habla de algo más incómodo: de lo fácil que resulta retorcer palabras como patria, honor o deber hasta que terminan justificando cualquier cosa. Y quizá su imagen más terrible no sea la de un país derrotado, sino la de una sociedad que todavía no sabe que ya lo está.

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