La bola negra. Y entonces, Lorca…

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Que Javier Calvo y Javier Ambrossi llegaran a la competición oficial de Cannes no era una sorpresa para quien haya seguido su trayectoria. Desde La llamada hasta La Mesías, los directores conocidos como Los Javis han construido una voz reconocible y sin complejos, capaz de moverse entre el melodrama y la comedia sin renunciar a ninguno de los dos extremos. Respaldada por El Deseo, La bola negra es el paso más ambicioso que han dado hasta ahora. Es también el que expone con más claridad los límites de esa voz cuando se le exige sostener algo más grande que ella misma.


El tríptico

La película se construye sobre tres historias que se entrelazan sin fundirse del todo, aunque en algunos momentos la película parece no ganar mucho con la decisión. La primera sigue a Carlos González en la España actual: historiador preparando una tesis, dramaturgo frustrado. Dentro de su historia aparece la verdadera bola negra, protagonizada por Milo Quifes, un artificio narrativo que funciona más como excusa estructural que como necesidad dramática. La tercera se sitúa en plena Guerra Civil del 37 y reúne a Guitarricadelafuente y Miguel Bernardeau en una historia de amor que el conflicto amenaza con destruir. El hilo que las une es siempre el mismo: el amor homosexual y el armario en el que hay que esconderlo. Un tema legítimo que la película repite en tres registros distintos sin que ninguno de ellos aporte una lectura que los otros dos no ofrezcan ya.

La inspiración doble, la obra inacabada de Federico García Lorca y La piedra oscura de Alberto Conejero, que entra en el guion como coguionista, le da a la película una base literaria de prestigio. El problema es que Los Javis parecen más interesados en portar esa base como credencial que en dejarse tensionar por ella.

La ambición como coartada

El principal problema de La bola negra es que quiere contar demasiadas cosas y eso, lejos de enriquecerla, la diluye. El guion es desigual hasta el punto de sentirse indeciso: hay momentos esquemáticos que resuelven con un plano lo que necesitaría una escena entera y otros que se estiran sin aportar nada al conjunto. La parte final vuelve una y otra vez sobre sus propios pasos sin cerrar ninguna de las tres historias con la contundencia que exigían. La cuestion aquí no es de ambición, sino criterio para administrarla. En toda la parte de Guitarricadelafuente y Miguel Bernardeau la película fluye y aunque se ensimisma en lo formal, esto no le pesa. No sucede lo mismo con las otras dos historias.

El reparto y lo técnico

El plantel cumple con creces. Guitarricadelafuente, en su debut cinematográfico, es todo un descubimiento. Carlos González y Milo Quifes sostienen sus tramas con solvencia. El reparto secundario reúne nombres de peso, Lola Dueñas, Glenn Close, Antonio de la Torre, Natalia de Molina, que defienden lo que se les da con más oficio del que el guion les ofrece. La escena de Penélope Cruz se alarga bastante más de lo necesario y tiene el aire de haber sido escrita para justificar su presencia antes que para servir a la historia.

La fotografía de Gris Jordana tiene momentos brillantes. Hay planos que se apoyan en la belleza de los cuerpos, aunque esa elección es un recurso repetido en el cine de Los Javis, casi una firma que sustituye a la reflexión sobre lo que se está filmando. El montaje es más problemático, con escenas algo desequilibradas, sobre todo al final. La banda sonora de Raül Refree compite en varios tramos con la imagen en lugar de servirla, subrayando emociones que la escena ya había planteado por sí sola.

Los Javis han demostrado que tienen razones para haber llegado hasta aquí. Esta película demuestra también que su siguiente paso puede ser mucho más interesante cuando se cuente una historia evitando la acumulación.

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