Mis muertos tristes: película por decreto

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Mis muertos tristes llega a San Sebastián como largometraje, aunque la experiencia de su visionado plantea algunas dudas sobre esa consideración. No estamos ante un remontaje cinematográfico sustancial de la serie de Pablo Larraín, sino ante sus cuatro episodios proyectados de manera continuada.

Larraín construye una atmósfera inquietante a partir de los relatos de Mariana Enríquez, con una puesta en escena elegante y una mirada sobre la memoria, la violencia y las heridas sociales que conecta con buena parte de su filmografía. Hay imágenes poderosas y momentos de gran intensidad, aunque el conjunto acusa también una estructura episódica que se hace visible en el ritmo, en la acumulación de personajes y conflictos y, especialmente, en la forma de conducir los distintos clímax.

Porque ahí aparece el problema del formato. Se han eliminado los créditos iniciales y finales y, tras los cliffhangers de cada episodio, se introduce un fundido a negro. La estructura narrativa, sin embargo, permanece esencialmente intacta. Los cortes no parecen responder a una nueva concepción del montaje, sino a la eliminación de las señales más evidentes de su origen episódico. Después de casi tres horas, las costuras siguen ahí y la sensación de estar viendo una serie resulta difícil de obviar.

La cuestión no es si una serie puede tener cabida en un festival de cine. El Festival de San Sebastián lleva años incorporándolas a su programación, y esa apertura resulta razonable en un momento en que las fronteras entre cine y televisión son cada vez más difusas. La cuestión es su acceso a la competición. Las propias bases del Festival establecen en su artículo 5 que pueden participar en la Sección Oficial los largometrajes que cumplan una serie de condiciones, fijando además una duración mínima de 60 minutos. El artículo 7 vuelve a referirse expresamente a la inscripción de cada «largometraje», mientras que el artículo 14 establece que el Jurado Oficial concede la Concha de Oro a la mejor película.

Hasta ahora, las series habían encontrado su espacio en San Sebastián fuera de concurso. En esta misma edición, El castillo, también una serie, se presenta fuera de competición. Mis muertos tristes, en cambio, compite por la Concha de Oro presentada como largometraje. Por eso sorprende la operación. No se trata de cuestionar que una obra seriada pueda proyectarse en una sala ni que pueda tener una dimensión cinematográfica. Se trata de saber qué criterios permiten considerar que una serie se convierte en largometraje a efectos de competición.

Si el Festival quiere abrir la Concha de Oro a obras concebidas originalmente como series, sería perfectamente legítimo debatirlo y modificar las reglas para reflejarlo. Lo que resulta menos claro es mantener unas bases que hablan específicamente de largometrajes y resolver después la cuestión mediante una presentación excepcional.

Mis muertos tristes contiene elementos cinematográficos de indudable interés. Pero proyectar los cuatro episodios seguidos, eliminar sus créditos y sustituirlos por fundidos a negro no parece suficiente para borrar su naturaleza episódica. Es más: parece una treta para poder encajarla en la competición.

No se trata, por tanto, de decidir si las series son cine o si deben tener cabida en un festival cinematográfico. Son formatos formalmente diferentes, con estructuras narrativas y condiciones de exhibición distintas, aunque puedan compartir recursos, autores o ambiciones.

La cuestión es más sencilla: si las bases del Festival establecen que la Sección Oficial a concurso está destinada a largometrajes, ¿qué condiciones debe cumplir una serie para convertirse, a efectos del Festival, en uno de ellos? En Mis muertos tristes, la respuesta no parece estar en el montaje. Los cuatro episodios siguen ahí, con su estructura y sus respectivos cliffhangers. Se han eliminado los créditos y se han añadido fundidos a negro, pero la operación no parece suficiente para hablar de una nueva obra cinematográfica.

Y precisamente por eso la inclusión de la película en competición resulta, como mínimo, discutible. No por ser una serie, sino porque la forma en que se ha presentado como largometraje no termina de justificar que pueda competir en una categoría cuyas propias bases hablan específicamente de películas y largometrajes.

Y ahí el Festival tiene todavía una explicación pendiente.

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