Lejos de los árboles: filmar lo que desaparece

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Meritxell Colell llega a Lejos de los árboles con una trayectoria construida tanto desde la dirección como desde el montaje. Ha trabajado como montadora en más de una decena de largometrajes que han pasado por festivales internacionales como Berlinale, Mar del Plata o IDFA. Como directora ha llevado Con el viento a la Berlinale después de pasar por L’Atelier de la Cinéfondation de Cannes. Transoceánicas pasó por Nara y Gijón. Dúo obtuvo la Biznaga de Plata a la mejor dirección en Málaga. Ahora, tras estrenarse en Locarno, donde recibió el premio FIPRESCI, llega a San Sebastián.

En Lejos de los árboles, Adela es una artista sonora mexicana que viaja por Perú junto a Lucho, su guía y traductor. Su objetivo es continuar el trabajo de su abuelo, un republicano catalán exiliado en México, creando un mapa sonoro de lenguas en peligro de desaparición. Pero cuando aparece el miedo a la muerte de un ser querido, el viaje comienza a fracturarse y el recorrido por la selva y los Andes se convierte también en un viaje hacia la memoria.

La historia es el punto de partida para un ejercicio cinematográfico mucho más atrevido de lo que podría sugerir su sinopsis. Porque aquí la imagen y el sonido no son simples herramientas para contar la historia. Son personajes. Tienen presencia propia. Respiran. Recuerdan. Así, Adela no es exactamente la protagonista. Lo son las lenguas que desaparecen. Los árboles que se talan. Los sonidos que dejamos de entender. Las huellas de un pasado que se van borrando mientras creemos que todavía podemos conservarlas.

Adela es una exiliada de su propia vida por decisión propia. Ha entregado buena parte de ella a su carrera y existe algo casi cruel en esa idea que sobrevuela la película: buena musicóloga, mala nieta. Ha dedicado su vida a escuchar a los demás mientras quizá no ha sabido interpretar como sonaba lo que tenía más cerca. Y, sin embargo, su viaje demuestra que tampoco puede escapar de las vidas de sus antepasados. El pasado termina encontrándola incluso cuando ha viajado hasta el otro lado del mundo para buscar otras voces.

Formalmente, la película es bellísima. Colell no parece sentirse encorsetada por la necesidad de construir una narrativa convencional y se permite que el relato avance por asociaciones, sonidos, recuerdos, sueños e imágenes. La selva peruana deja de ser simplemente un paisaje para convertirse en un espacio mental. Un territorio que contiene tanto aquello que Adela busca como aquello de lo que intenta escapar.

Y aquí está también el principal inconveniente de la propuesta. Lejos de los árboles no es una película para todos los gustos. Su estructura se aleja deliberadamente de la narración al uso y exige al espectador una cierta disposición a dejarse llevar. No siempre hay una respuesta clara. No siempre hay una transición lógica. Hay que escuchar antes de entender. Pero si uno acepta las reglas del viaje, la película termina encontrando una enorme capacidad de fascinación.

Porque el recorrido de Adela no es solamente por la selva peruana. Es también un viaje por los recuerdos. Por el exilio. Por las lenguas que desaparecen. Por una memoria familiar que amenaza con borrarse. Una película que convierte el acto de escuchar en una forma de resistencia. Y que recuerda que quizá la mejor manera de conservar aquello que estamos perdiendo sea, precisamente, aprender a escucharlo antes de que deje de existir.

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