Hans Petter Moland lleva más de tres décadas construyendo una filmografía en la que conviven el drama, el humor negro y una particular relación con los personajes solitarios. Aberdeen, Un hombre bastante amable, Uno tras otro o Caballos robados han demostrado su capacidad para moverse entre registros muy diferentes sin perder una mirada reconocible. Su nueva película, Growth of the Soil, recupera además una de sus constantes: hombres enfrentados a un entorno que parece estar siempre un poco por encima de sus posibilidades.

Al frente del reparto están Herbert Nordrum, conocido internacionalmente por La peor persona del mundo, junto a Asta Kamma August, que destacó especialmente en The Hypnosis. Ambos interpretan a Isak e Inger, una pareja que es el corazón de una película que habla tanto de la construcción de una familia como de la transformación de un paisaje.
Isak es un hombre sin pasado que llega a una zona inhóspita con la intención de asentarse y trabajar la tierra. Allí encuentra un terreno tan hostil como prometedor. Su vida cambia cuando conoce a Inger, una mujer solitaria marcada por su propia historia. Juntos comienzan a construir una existencia al margen del mundo, cultivando la tierra y formando una familia mientras pasan los años y las estaciones. Pero el tiempo, las dificultades y la llegada de una sociedad cada vez más cercana irán modificando aquello que habían construido.

Lo interesante de Growth of the Soil es la naturalidad con la que plantea los conflictos. No necesita forzar acontecimientos para mantener la atención ni convertir cada dificultad en un punto de inflexión dramático. La película entiende que una vida también está hecha de pequeñas decisiones, de cambios que apenas se perciben mientras suceden y que solo adquieren importancia cuando miramos hacia atrás.
En ese proceso, la relación entre Isak e Inger está especialmente bien integrada. Hay entre ellos una química ruda, áspera, incluso incómoda en algunos momentos, pero también un fondo de ternura que nunca necesita ser verbalizado. Nordrum y August consiguen que esa relación resulte creíble precisamente porque no parece diseñada para agradar al espectador. Se encuentran, se necesitan, discuten, se acompañan y terminan formando una familia casi como si fuera la consecuencia natural de haberse encontrado.
La película también habla de algo que va más allá de sus protagonistas: de cómo la llegada del hombre modifica inevitablemente el paisaje. Isak trabaja la tierra, construye, cultiva, transforma un espacio que parecía pertenecer únicamente a la naturaleza. Lo que empieza como una lucha por sobrevivir acaba siendo también una forma de colonización íntima del territorio. La película observa ese proceso sin necesidad de convertirlo en una tesis.

Visualmente, Growth of the Soil está a la altura de su propuesta. La fotografía de Oskar Dahlsbakken está cuidadosamente iluminada y encuentra belleza tanto en la dureza del paisaje como en los interiores donde transcurre buena parte de la vida de sus personajes. El diseño de producción contribuye decisivamente a esa sensación de estar contemplando un mundo que va creciendo delante de nosotros.
El montaje episódico funciona especialmente bien porque la película no pretende construir una estructura homogénea. Hay saltos, etapas, cambios y pequeñas elipsis que permiten que el paso del tiempo se sienta sin convertirlo en una sucesión mecánica de acontecimientos. Su ritmo es reposado, que no lento. Esa diferencia resulta fundamental: Moland invita al espectador a observar a sus personajes, a acostumbrarse a sus rutinas y a entrar poco a poco en sus vidas.
Growth of the Soil es, de momento, una de las películas que más claramente apuntan hacia los premios importantes de esta Sección Oficial. Tiene la solidez de un cine clásico sin parecer anclada en el pasado, dos protagonistas magníficos y una historia que encuentra en la sencillez su principal fortaleza. Una película sobre echar raíces que consigue, además, echarlas en el espectador.
