Border: gris oscuro casi negro

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La primera película (oficial) que sale de China de Ah Biao llega a San Sebastián como una coproducción entre Hong Kong, Estados Unidos y Corea del Sur. Con apenas 78 minutos, Border plantea desde el principio una apuesta por la contención: pocos diálogos, personajes que parecen habitar sus propias vidas desde cierta distancia y una puesta en escena que busca encontrar significado en aquello que apenas se dice.

La película sigue a un joven minero sin dinero que vive en un pueblo olvidado, atrapado en una rutina marcada por el trabajo y el silencio. La llegada de una mujer enigmática rompe esa existencia anestesiada y despierta en él una curiosidad que parecía dormida. Decide seguirla por un camino cada vez más oscuro sin saber realmente quién es ni qué pretende.

Ah Biao construye Border a partir de secuencias breves, planos cerrados y personajes deliberadamente estáticos. El montaje busca sugerir más que explicar, pero en demasiados momentos esa sugerencia termina quedándose en lo esquemático. La película parece confiar constantemente en que el espectador complete aquello que falta, aunque no siempre existe suficiente material al otro lado de la imagen para hacerlo.

La fotografía tampoco ayuda demasiado. La decisión de construir un universo gris, apagado y casi desprovisto de cualquier respiro estético puede entenderse como una extensión del estado de ánimo de sus personajes, pero termina convirtiéndose en una limitación. Hay momentos en los que la película parece más interesada en mantener esa tonalidad que en buscar dentro de ella nuevas posibilidades visuales.

Curiosamente, es cuando Border se acerca a los cuerpos cuando consigue elevar el nivel. Las escenas de intimidad tienen una fisicidad que rompe con la distancia dominante en el resto del metraje y permiten que aparezca algo más complejo detrás de unos personajes deliberadamente inexpresivos. El problema es que el mecanismo se agota con rapidez. Lo que inicialmente resulta sugerente termina convirtiéndose también en una fórmula.

Hay, en cualquier caso, recursos interesantes y una voluntad evidente de construir una película con una identidad propia. El problema es que esa originalidad acaba diluyéndose en una búsqueda demasiado insistente de lo gris, como si cada decisión formal tuviera que recordar constantemente al espectador que está ante una película austera, incómoda y deliberadamente distante.

Border puede perfectamente aparecer entre las integrantes del palmarés. Es una ópera prima con personalidad, una propuesta formalmente coherente y suficientemente singular como para no pasar desapercibida en una Sección Oficial. Pero cuesta encontrar en ella la contundencia que sí tiene Tender Loving Care. Mike Leigh consigue que la austeridad de su puesta en escena esté al servicio de unos personajes que terminan desbordando la pantalla. Ah Biao, por ahora, parece más interesado en construir el vacío que en conseguir que ese vacío termine diciendo algo verdaderamente inolvidable.

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