Fuego, rescoldos y otras fábulas.

el

‘La niña de fuego te llama la gente y te están dejando que mueras de sed’.

Ay Caracol, si yo te contara, más razón que un santo, hijo.

Durante la noche de los cabezones y las cabezadas, echamos en falta una fuente en la que inclinarnos a beber, una fuente que nos saciara la sed de premios, de venganza, de reconocimiento a lo diferente, a lo extraordinario, que nos saciara la sed del (mágico) milagro que pudo ser y no fue.

Magical 3

Una cicatriz es la impresión que queda en el ánimo por algún sentimiento pasado. Y esta película, qué digo película, este regalo que nos hace Carlos Vermut, está lleno de marcas –algunas nuevas, otras que se abren y algunas que no llegarán a curar nunca- que se transfieren a tu propia piel como un virus dispuesto a inundarte el alma, mientras este virtuoso de la fábula, se pone ‘lo previsible’, ‘lo normal’ y ‘lo establecido’ en lo más alto de la montera.

Vermut lanza una premisa que rezuma una verdad enquistada que marcará el ritmo de película, dice que España es un país en eterno conflicto ya que no tenemos claro si somos un país racional o emocional. Los españoles somos como una corrida de toros, es decir, la representación de la lucha entre el instinto y la técnica, entre la emoción y la razón.

Y puede que sea verdad, que cabalguemos entre el histrionismo y los témpanos de hielo pero hacen falta tres elementos, TRES, para encontrar el equilibrio perfecto en esa encarnizada lucha entre emoción y razón.

Luis, Bárbara y Damián; tres almas que vagan entre la dependencia, la desesperación y el misterio; el sexo, la traición y el miedo, sobre todo miedo. Vermut nos presenta a sus personajes pero cierra con llave la puerta que conduce a sus secretos más oscuros. Les salva de nuestro juicio y reprobación y consigue que justifiquemos sus acciones disfrazadas de desesperación y dependencia. Al fin y al cabo, no hay culpables si no hay pruebas.

Magical Girl huele a nuevo y a ruptura, respira clase en cada plano, saber hacer, dominio y acidez; es generosa en elegancia y precisión; es atrevida y magnética; encajan todas y cada una de las piezas de ese mundo sucio y turbio que, a veces tiene cara de niña, otras de profesor y la mayoría del tiempo se transforma en mujer bien vestida y elegante, sobria y carismática, una niña de fuego y hielo con camisas abotonadas dispuestas a presionar garganta y corazón. Y cuando crees que ya tienes el puzle acabado, que estás a salvo, que a ti no te atrapan, que saldrás de ésta, que tú controlas, que una más y para casa, va el mago y decide hacer desaparecer la pieza que te hará caer e implicarte. Esa (no) pieza que consigue que te lleves la película a casa, que intentes resolver el galimatías horas, días, semanas después.

El sábado 7 de febrero, noche de tiros largos y premios para la vitrina, me encomendé al espíritu de Manolo Caracol y de José Sacristán, me vestí al ritmo de ‘La niña de fuego’ dispuesta a salir por la puerta grande, con las dos orejas y el rabo. Lloré y padecí por si alguien me ofrecía la salvación. ¡Lástima!, no hubo suerte.

Magical Girl nos puso en bandeja de plata el mundo, la carne y el demonio y sólo los que quisimos bailar con ellos sabemos a qué sabe la hojalata.

Magical

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