Festival de San Sebastián 2018: día 3. (No tan) Brillante

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Brillante Mendoza ha debutado en la Sección Oficial de San Sebastián con Alpha, the right to kill. Con una manifiesta mejoría respecto a sus últimos trabajos, Mendoza vuelve a explorar barrios marginales, en esta ocasión centrándose en el narcotráfico y en la lucha contra él. En cuanto a Rojo, el compendio de buenas ideas no culmina en la gran película que hubiera podido ser.

Alpha, the right to kill: las drogas y la pobreza filmadas por Brillante Mendoza

Al acabar la proyección de la nueva película de Brillante Mendoza se tienen claros dos puntos: que el atrevimiento formal de trabajos anteriores ya no está presente y que con Alpha recupera algo del pulso fílmico que había perdido con su anterior trabajo, Ma Rosa. La historia de corruptelas policiales en la lucha contra las drogas no es algo novedoso, pero sí es cierto que el enfoque de Mendoza, que rueda en callejones que presumimos malolientes y en chabolas rodeadas de basura, lo aleja de policías con trajes caros y redadas tan coreografiadas como poco creíbles.

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Quizás sabiendo que en lo que a historia se refiere la película anda algo corta, el realizador decide apuesta por jugar las bazas del brío con el que se rueda gran parte de las escenas y con un montaje directo con el que complementarlo. En conjunto, Alpha, the right to kill es una película más que correcta, pero que no aporta nada nuevo.

Rojo: el hippie, el detective y el del peluquín

Rojo es ese tipo de película que, una vez superado su magnífico prólogo, se descubre como una película pensada para competir en un Festival. Sobre todo en el apartado visual. Una metáfora sobre la sociedad argentina de mediados de los setenta, que vive eclipsada por su propia capacidad de cambio. Una sociedad en la que el poderoso siempre caerá de pie, incluso (o principalmente) cuando se toma la justicia por su cuenta. Pero al mismo tiempo, una sociedad acomplejada que quiere mirar a los ojos a los Estados Unidos, pero que es incapaz de sostenerle la mirada. En Rojo, uno se siente poderoso solo por dos vías: la intimidación de quien se considera inferior o bajo una estricta contemplación de las normas. Claro que, la forma más embriagadora de poder es aquella en la que se combina ambas vías. Ahí uno puede llegar a sentirse prácticamente intocable.

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En esa zona en la que se encuentran el abogado con contactos y el cacique que se cree por encima del bien y del mal, existe el personaje de Dario Grandinetti. El actor defiende un personaje rico en matices que, sin lugar a dudas, es lo mejor de la película. Una joya entre un mundo de personajes que aparentan una seguridad que no sienten. El actor, se muestra medido y asertivo. Quizás hasta premiable.

Por lo demás, Rojo apunta más de lo que finalmente ofrece. El buen hacer tras la cámara de Benjamín Naishtat es innegable, pero parece falto de energía para abarcar todas las pretensiones de un guion que también es obra suya. 

 

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