Festival de San Sebastián 2018: día 4. La levedad del ser

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Las propuestas de la Sección Oficial son variadas, arriesgadas y, como siempre, recibidas con disparidad de criterios. Nombres propios de la jornada: Iciar Bollaín, Paul Laverty, Felix Van Groeningen, Timothée Chalamet y Steve Carrel.

Yuli: cuando salí (y volví a entrar y volvía a salir) de Cuba

Carlos Acosta es un nombre familiar para los amantes de la danza clásica. Un cubano que se convertiría en el primer bailarín negro en interpretar papeles que se habían creado para otro color de piel. Sin embargo, Acosta no salió de Cuba para no volver. Al revés, con un sentimiento de arraigo muy profundo, Acosta también fue figura del Ballet Nacional de Cuba. Unos orígenes muy humildes, una relación complicada con su padres, el auge en una de las figuras de la danza, la vuelta a Cuba… La biografía de Acosta es de todo menos aburrida. La película de Iciar Bollaín tampoco lo es, pero cae en su propia trampa al buscar en la danza el hilo conductor para una película que, en muchos momentos, requería algo más de nervio.

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Foto: Ibai Zabala (Goiena)

Piezas de danza moderna con las que Acosta ilustra capítulos de su vida; danza clásica para irnos relatando su evolución profesional. Piezas hermosísimas pero que la cámara de Bollaín parece no ser capaz de captar en su totalidad. En su intento de perseguir a los bailarines y sus movimientos imposibles, compone planos un tanto dislocados, que restan emoción a las interpretaciones de los bailarines. Las escenas sin danza (con interpretación) tienden a puntualizar tanto los puntos dramáticos que generan cierta discordancia con el relato que realiza Acosta a través de la lanza. Paul Laverty, responsable del guion, nos demuestra una vez más esa tendencia tan suyas de subrayar innecesariamente las desgracias de sus personajes. 

Yuli, a pesar del interés que genera una figura como Acosta no logra despertar el del espectador.

Beautiful Boy: Chalamet y Carrel en un tour de forcé trabajado pero estéril

Si había una película candidata a desatascarnos los lagrimales esa era Beautiful Boy. Su director, Felix Van Groeningen logró emocionarnos a (casi) todos con Alabama Monroy. El reparto está compuesto por actores de la talla de Steve Carell, Timothée Chalamet, Maura Tierney o Amy Ryan. La historia (real) de un padre que es testigo del descenso de su hijo al infierno de las drogas. Todo en ella apuntaba a ser, sino una buena película si un drama potente. Desgraciadamente no es así. Van Groeningen no llega a encontrar nunca el tono que quiere darle a la película. Huyendo de eso en lo que Paul Laverty, precisamente, es un maestro (el drama subrayado y sobrexpuesto), Van Groeningen peca de todo lo contrario. La falta de intensidad en una historia tan cruda acaba por convertirla en algo inerte, que funciona solo gracias al impulso que le dan las escenas en las que Carrell y Chalamet se pelean, se recrimina o se abrazan.

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El realizador parece pasar de puntillas por todo aquello que da sentido a la película: las drogas, la rehabilitación, el desgaste de las relaciones personales, la depresión del adicto.  Todo ello se nos muestra, sí. Pero en ningún momento alcanza a emocionarnos. Además del reparto, la película cuenta con una selección musical interesante y un remarcable  trabajo de Rubens Impens como director de fotografía. Al final, nos queda una sensación de talento desaprovechado muy difícil de perdonar.

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