Teatro de guerra: en la ficción y en la realidad

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Lola Arias lleva a la ficción varias historias personales de soldados que lucharon en las Malvinas. Mediante la ficción, la directora reabre una herida cerrada en falso en la realidad.

Soldados ingleses atacan una trinchera argentina. Sangre, heridos. Un muerto. Alguien que, antes de fenecer, murmura unas últimas palabras en el idioma del enemigo. Seis hombres, tres ingleses y tres argentinos, volverán sobre sus pasos a un episodio bélico que le costó la vida a más de 2000 hombres (unos mil en cada bando). Un episodio inconcluso, ya que a día de hoy la soberanía de las islas sigue en disputa. Inconcluso porque quienes sobrevivieron han preferido olvidar. Sobrevivir pasa por no rememorar.

En 73 minutos de documental, Lola Arias vuelve a esa trinchera varias veces, revisando las ideas no rebatidas y eliminando lo insustancial del recuerdo vago que uno prefiere no revivir. Cada vez con una puesta en escena diferente y un tratamiento diferentes del espacio, esto obliga al espectador a modificar su acercamiento a la historia: la curiosidad del casting, la revisión de una escena… Cada revisión de ese momento le va sumergiendo más en él, hasta que le sitúa en esa trinchera.

“Have I just killed somebody who tried to surrender?”

Los seis hombres aparecen seguros de que aquella fue una guerra injusta por motivos opuestos: unos tenían el derecho de iniciarla y la obligación de ganarla; otros debían resistir y defender lo que era suyo. Todos creen haber hecho lo que debían. Tres contra tres, son los otros los que se equivocan. Pero incluso arropados por sus razones, todos van dejando que la amargura de la sangre, del hambre, de los compañeros caídos, se vaya reflejando en sus palabras. Cuando los circunloquios geopolíticos se desmoronan ante el horror de verte rodeados de miembros amputados de amigos y compañeros. Y la culpa. Todo se resume en esa duda que, tantos años después, toma forma de culpa: “¿Acabo de matar a alguien que quería rendirse?”.

Arias avanza en su planteamiento visual de una forma interesantísima: abriendo plano, ampliando el foco y moviendo la cámara según avanza la película. En realidad, nos presenta el esqueleto de su película en el casting y, a partir de ahí, va añadiendo capas de músculo y de órganos, hasta recubrirlos con la piel que son esos seis soldados conscientes de quienes fueron y cuyo recuerdo es un poco más real. Y un poco más insoportable. Los primeros planos a cámara fija y en el interior, va abriendo campo hasta convertirse en un plano general. En el exterior y con la cámara buscando a los soldados y las reacciones de quienes les acompañan en ese momento.

La realizadora no pretende dar lecciones, no culpabiliza, pero nos muestra cómo, a fuerza de repetirse su propia verdad, el recuerdo cede a conveniencia de una conciencia más tranquila. Todo ello en un interesantísimo ejercicio fílmico, consciente también de cómo las decisiones que toma en cada momento afecta al relato de oros.

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