Mila (Apples): olvidar lo que somos

La cinta griega con la que se inauguró la Sección Orizzonti de La Biennale de este año se ha podido ver en la Venice Sala Web de Festival Scope. Dirigida por Christos Nikou, se trata de la ópera prima de quien fuera ayudante de dirección de Canino (Yorgos Lanthimos, 2009).

En el año 2009, dentro de la sección Un Certain Regard del Festival de Cannes, se presentó la película Canino. El griego Yorgos Lanthimos revolucionó aquella edición del Festival. Su película se hizo con el premio Un Certain Regard, llegó a estar nominada al Oscar e inauguró lo que se ha denominado Greek Weird Wave. Porque, además de ser una rareza en sí misma, Canino marcó el inicio de ese cine inclasificable, de bajo presupuesto. También de personajes extraños y desubicados, que transitan por las películas como si se hubieran colado en un relato que no les corresponde. En cualquier caso, en un momento en el que el país heleno atravesaba una crisis financiera mayúscula, su cine se colocaba en el panorama internacional con voz propia.

Pero la Greek Weird Wave no es una corriente homogénea. Más allá de los gustos y apreciaciones de cada uno, la obra de Lanthimos está muy alejada de la tristemente recordada (por cuatro o cinco personas) Luton (Michalis Konstantato, 2013). En la órbita del maestro, pero sin caer en la copia de su obra, situamos a Christos Nikou. Su primera película, Mila (Apples), tiene esa extraña cualidad de sorprender cuando crees que va a seguir el patrón establecido.

De inicio, Apples cumple con lo que podríamos esperar de un antiguo colaborador de Lanthimos. Medios planos de personajes con la mirada perdida en un entorno con el que no interactuan, cortes bruscos de una escena a otra, incluso diálogos que solo comenzarán a tener sentido para el espectador transcurridas dos escenas. Sin embargo, por inverosímil que parezca, hay una justificación para ese comportamiento: una pandemia sin origen ni remedio conocidos que provoca la amnesia de quienes se ven afectados por ella. Como sucedía con los vástagos de la familia de Canino, hay cierta lógica detrás del comportamiento de nuestros protagonistas.

Según avanza el metraje se van rellenando los huecos que previamente nos ha dejado la historia. Entendemos que hay más allá de esos actos que en un principio nos habrán parecido una excentricidad. Y aunque la historia está en continuo avance, el espectador es capaz de deducir fácilmente aquello que el montaje no explica con idas y venidas sobre el hilo temporal del relato. En cuanto al desenlace, es sorprendente ya que resulta extrañamente cálido, aunque sin caer en lo sentimental, para lo que la Greek Weird Wave acostumbra a proponernos, pero que nos deja entrever la diferencia entre perder la memoria y no querer recordar.

Formalmente, la película es áspera, con un trabajo de cámara algo brusco, pero que en ningún momento desentona con el relato. Con uso de la banda sonora (Alexander Voulgaris) poco intrusivo y una iluminación que pretende acercarse en todo momento a la luz natural, el conjunto proyecta el equilibrio audiovisual entre lo conocido y el desapego que este provoca. Pero con todo, uno de los mayores aciertos de Apples es su protagonista, Aris Servetalis. El actor, a quien pudimos ver en Alps (Yorgos Lanthimos, 2011), realiza un trabajo sutil que enriquece la película.

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