[70SSIFF] Suro: que llega el señorito

Si hay algo que de una forma u otra está presente en cualquier película es la conciencia de clase. O la inconsciencia de clase. Porque al final toda decisión se puede interpretar en clave de clase social. Como la decisión de una pareja de arquitectos que decide dejar atrás Barcelona para ir a vivir a una finca de alcornoques.

Para tomar esta decisión que les ha de cambiar la vida más de lo que ellos se imaginan, Helena e Iván han heredado previamente la propiedad de una finca. Bajo esta premisa aparecen las primeras diferencias: son los nuevos señores, los propietarios. Iván es el marido de la dueña de la finca. Algo que introduce un nuevo elemento: no se trata de un proyecto vital conjunto, lo que importa es quién posee qué. La finca, por otra parte, no se mantendrá sola: se necesita mano de obra. La decisión de a quién se contrata para ello va más allá de la mera transacción económica. Cabe preguntarse los derechos de quién son vulnerados en cada paso que se da.

Incluso en el idealismo de la pareja protagonista hay conciencia de clase. Solo el hecho de poder elegir quién ha de trabajar la finca, el mero hecho de que exista esa posibilidad, es un privilegio. Y aunque ellos tratan de huir de ello, involucrándose en el día a día, aprendiendo la técnica de la recogida del corcho (suro en catalán), preocupándose por los trabajadores que laboran sus tierras, se sigue respirando un aire de condescendencia bastante importante.

Suro se apoya tanto en la fuerza de su pareja protagonista (Vicky Luengo y Pol López) que descuida el texto por exceso. Demasiados elemento que por sí solos darían para una película se embarullan en una trama que por mucho abarcar deja de apretar bastante pronto. Y el aire de gente acomodada pero concienciada que va permeando toda la trama acaba por hundir a la película. En lo audiovisual, resulta paradójico que la película funcione mejor dentro de la casa que en los espacios abiertos, ya que la potencia de los parajes rurales se ve mermada por un movimiento de cámara demasiado inquieto. Un montaje un tanto díscolo acaba por eliminar la poca potencia visual que le quedaba a la cinta. Después de la potencia del corto Heltzear esperábamos mucho más de esta Suro.

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