Tender Loving Care: Mike Leigh y la dignidad de lo cotidiano

Mike Leigh lleva casi treinta años dejando su huella en San Sebastián. En 1996 presentó en Perlak Secretos y mentiras después de haber ganado la Palma de Oro en Cannes. En 2004 regresó con El secreto de Vera Drake, recién premiada con el León de Oro en Venecia. Y en 2024 compitió por la Concha de Oro con Hard Truths. Ahora vuelve a la Sección Oficial con Tender Loving Care. Y lo hace con una circunstancia inevitable: Leigh ha anunciado que esta será muy probablemente su última película debido a sus problemas de salud.

Quizá por eso resulte tentador buscar en ella una especie de testamento. No hace falta. Leigh lleva más de cinco décadas observando a sus personajes con una mezcla de dureza y ternura que convierte cualquier historia cotidiana en algo extraordinario. Aquí vuelve a hacerlo.

Amy y Rosie son dos trabajadoras sociales que se enfrentan cada día a una realidad laboral marcada por la saturación y la falta de recursos. Alrededor de ellas están los problemas de las personas a las que intentan ayudar. También la vida personal de ambas. Rosie mantiene una estrecha relación con los padres de Amy, Birdie y Geoff, una pareja que afronta su propio proceso de envejecimiento. Cuatro personajes que terminan formando el corazón de la película.

El guion de Leigh es prodigioso precisamente porque consigue equilibrar dos películas que podrían haberse estorbado mutuamente. Por un lado está la denuncia social. Un sistema de asistencia cada vez más exigido. Trabajadores sociales que deben atender una cantidad creciente de personas mientras los recursos no parecen crecer al mismo ritmo. Leigh no necesita convertir esa denuncia en discurso. La introduce en las conversaciones. En las visitas. En los casos que Amy y Rosie atienden. Y después deja que la película vuelva a sus personajes.

Por otro está la historia íntima de estas mujeres y de una familia que intenta seguir adelante mientras la edad empieza a imponer sus propias reglas. El giro dramático que aparece en la segunda mitad llega con una naturalidad extraordinaria. No hay subrayados. No hay música estridente anunciando el momento dramático. La película simplemente cambia de dirección. Y precisamente por eso funciona. Durante sus 107 minutos Tender Loving Care mantiene un tono profundamente humano. Leigh observa a sus personajes sin condescendencia. Tampoco los juzga. Los deja equivocarse. Los deja enfadarse. Los deja reírse. Los deja cuidar.

Formalmente es una película sencilla. No necesita grandes alardes. La fotografía de Lucy Bristow resulta fundamental para construir ese tono íntimo. La cámara permanece cerca de los personajes sin convertirlos en objetos de observación. El montaje de Tania Reddin tiene además una enorme capacidad para equilibrar las secuencias. Leigh deja que las escenas respiren. Sabe cuándo prolongarlas y cuándo cortar antes de que la emoción se convierta en sentimentalismo.

Si realmente estamos ante la despedida de Leigh, sería con una película muy coherente con su cine. Y, de momento, no se me ocurre una película que merezca más la Concha de Oro.

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