Hay películas cuya existencia resulta tan necesaria como incómoda. NAZA, dirigida por Yuval Abraham y Rachel Szor, dos de los cuatro cineastas de No Other Land, pertenece a esa categoría. El documental está producido por The Guardian y James Wilson (con Jonathan Glazer como productor ejecutivo) y vuelve a situar la cámara frente a una realidad que resulta difícil de mirar precisamente porque continúa sucediendo mientras la estamos viendo.

El título ya contiene buena parte de la película. NAZA es un término utilizado por la inteligencia israelí para calcular el número de civiles que previsiblemente morirán durante un ataque aéreo. Una palabra aparentemente técnica que esconde algo mucho más terrible: la conversión de vidas humanas en una cifra. La muerte reducida a una estimación.
Abraham y Szor deciden enfrentarse a esa lógica desde quienes la conocieron desde dentro. El documental reúne testimonios de miembros de los servicios de inteligencia y del aparato militar israelí que participaron o tuvieron conocimiento directo de los sistemas empleados durante las operaciones. Muchos aparecen de noche, con la voz y el rostro alterados para proteger su identidad. No importa tanto quiénes son como aquello que están dispuestos a contar.
Y ahí aparece una de las grandes virtudes de NAZA: saber cuándo callar. Los directores no necesitan interrumpir cada declaración con imágenes que expliquen al espectador qué debe pensar. Dejan que las palabras permanezcan en el aire. Después de las revelaciones llega el silencio. Un silencio incómodo, necesario, que permite comprender el alcance de lo que acabamos de escuchar. La película confía en la inteligencia del espectador y encuentra precisamente en esa contención buena parte de su fuerza.
Tampoco se limita a acumular testimonios. Las entrevistas se mezclan con imágenes de archivo que amplían el contexto político y militar, pero es sobre todo una decisión visual la que termina definiendo la película. Mientras escuchamos hablar de los mecanismos de la violencia en Gaza, la cámara observa desde los tejados la noche de Tel Aviv. Las calles siguen llenas. La gente sale, conversa, se divierte. Las luces permanecen encendidas. La vida continúa.
Gaza está a menos de cien kilómetros. Sin embargo, la distancia que establece NAZA es mucho mayor. No es una cuestión de geografía, sino de percepción. De cómo dos realidades pueden coexistir a una distancia relativamente corta sin compartir aparentemente el mismo mundo. Sobrio, preciso y cinematográficamente consciente, NAZA evita convertir el horror en espectáculo. No necesita hacerlo. Su mayor contundencia está precisamente en observar cómo la violencia puede convertirse en procedimiento, lenguaje administrativo, estadística.
Es una película incómoda porque obliga a escuchar a quienes estuvieron dentro de ese mecanismo. También porque recuerda que detrás de cada cifra había alguien que dejó de existir. Y mientras la muerte pueda seguir calculándose antes de producirse, probablemente seguirá siendo necesario preguntar quién hace esas cuentas.
