Wild Horse Nine: la CIA, hacedor de memoria

el

Tras su paso por Venecia y la Copa Volpi para su protagonista, Wild Horse Nine sitúa a Martin McDonagh ante un territorio muy diferente al habitual. El director cambia Irlanda y la América profunda por el Chile de 1973, pero conserva buena parte de esa mirada capaz de colocar a personajes al límite dentro de historias donde el humor negro nunca está demasiado lejos de la tragedia. Esta vez, sin embargo, detrás de sus personajes hay una historia que ya no necesita ser inventada.

La película se sitúa en los días previos al golpe de Estado que acabaría con el gobierno de Salvador Allende. McDonagh utiliza ese contexto para construir una mirada particularmente afilada sobre la política exterior estadounidense y su histórica intervención en Latinoamérica. La CIA aparece aquí no solo como instrumento de una política determinada, sino como parte de una maquinaria capaz de intervenir en la historia y, con el tiempo, contribuir también a fabricar el relato con el que esa historia será recordada.

El director no necesita convertir Wild Horse Nine en un tratado político. Lo hace a través de dos personajes que funcionan como puerta de entrada a ese mundo. John Malkovich y Sam Rockwell interpretan a dos agentes de la CIA cuya relación permite a McDonagh combinar tensión política, humor negro y conflicto personal. Ambos están especialmente inspirados, con una química que sostiene buena parte de la película. Malkovich aporta esa mezcla de elegancia y amenaza que parece escrita para él, mientras Rockwell vuelve a demostrar su capacidad para moverse entre la ironía y la vulnerabilidad sin perder nunca al personaje.

El reparto secundario acompaña con solvencia, especialmente Steve Buscemi y Mariana Di Girolamo, mientras la película encuentra en su puesta en escena un equilibrio que le permite no convertir el contexto histórico en una mera ilustración. La fotografía cuida tanto los espacios interiores como los exteriores y el montaje concede a cada personaje el tiempo suficiente para que la historia avance sin necesidad de subrayados constantes. También resulta especialmente acertada la utilización de la música. Las canciones contribuyen a reconstruir el momento histórico sin convertirse en una colección de postales de época. Más discreto resulta el trabajo de Carter Burwell, que encuentra algunos momentos interesantes pero cuya partitura queda lejos de la presencia que ha tenido en otras colaboraciones con McDonagh.

La película funciona precisamente porque sus protagonistas no son simples portavoces de una tesis. Tienen contradicciones, intereses y un pasado que pesa sobre sus decisiones. A través de ellos, McDonagh puede hablar de una política exterior obsesionada históricamente con combatir cualquier amenaza socialista, incluso cuando esa amenaza procedía de gobiernos democráticamente elegidos. Chile se convierte así en un episodio concreto de una historia mucho más amplia, una historia en la que la intervención estadounidense dejó tras de sí una larga lista de gobiernos derrocados, golpes de Estado y conflictos cuyas consecuencias todavía forman parte de la memoria política del continente.

La participación de Pablo y Juan de Dios Larraín a través de Fabula añade, además, una dimensión particular al proyecto. Su productora está vinculada a una cinematografía profundamente marcada por las consecuencias del golpe de Estado y la dictadura de Pinochet. En una película construida desde la mirada de un director extranjero, esa conexión chilena aporta una perspectiva que ayuda a situar el relato en algo más que un escenario histórico.

Al final, las operaciones pueden terminar. Los gobiernos pueden caer. Los agentes pueden marcharse. Lo que permanece es el relato que queda después. Y Wild Horse Nine sabe que, en ocasiones, fabricar memoria puede ser otra forma de ejercer el poder.

Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.