Finales pluscuamperfectos

el

–   Baby, you’re gonna miss that plane.

–   I know.

Si acabas de sonreír, si acabas de imaginar unas caderas de mujer danzando al son de Nina Simone mientras le susurra a su piano que llega justo a tiempo, si acabas de viajar a Viena para hacer noche, escala y vida en París y si eres tan consciente como lo soy yo de que es el avión mejor perdido de la historia, qué demonios, ¡bésame, idiota!

Know

Hay preguntas de la estirpe del ‘pero a ver, ¿tú cuánto cobras?’ o del ‘¿quién era?’ con el ojo pegado a tu móvil, que no se deberían poder formular nunca. Por ejemplo, ‘¿cuál es tu final de película preferido?’.  Así, a bocajarro. Como si de la noche a la mañana pudieras querer más a papá o a mamá, a Gosling o a Fassbender, a Scorsese o a Coppola, a Soprano o a Corleone.

Los finales de película son un género aparte. Ellos funcionan de manera independiente al metraje que les precede. Ellos son capaces de salvar de la quema 120 minutos de tedio y hacer que la boca te sepa a victoria o lo que es peor, son capaces de sumir en la más profunda indiferencia a una obra maestra por 3 minutos, 3 eternos minutos de desilusión.

Hay finales tramposos que juegan contigo mientras voltean con los dedos un as guardado en la manga, hay finales sentidos que te hacen vulnerable, frágil, empático y humano, hay finales que son principios y hay otros a los que, como diría Sabina, al punto final de los finales no le siguen dos puntos suspensivos. ¿Ésos? Uy, los peores.

The way

Paula Bonet parió un libro con un título de esos que te obligan a hojear desde la privacidad que te otorgan las estanterías de los grandes almacenes: ‘¿Qué hacer cuando en la pantalla aparece The End?

¡Depende!, exclamé con el calambre de quien es incapaz de contestar a una pregunta en una sola palabra, en una sola frase, en una sola conversación o en una sola vida.

El ‘The end’ ([Te en], que leería mi abuela) es cruel y despiadado, te deja sola, te abandona a los pies de tus pensamientos más profundos y no te indulta frente a las conclusiones descarnadas e injustas a las que hayas podido llegar.

Siempre recordaré cuando le descubrí a una persona ‘Esplendor en la hierba’ y en esa escena final entre Warren Beatty y Natalie Wood me increpó entre hipido e hipido con un: ¿Y ahora qué hago yo, Marta, ahora qué hago? Yo, que la miré de soslayo para esconder mis lágrimas,  esbocé una sonrisa de medio lado orgullosa de la criatura que acababa de cincelar, tan expuesta -la pobre- al sufrimiento y sentimiento, al crujir de las tripas y a los ‘porqués’ que campan a sus anchas hasta que ellos -y no tú- deciden que se van.

‘Y nos joderemos la vida y se irá todo a la mierda y pensaremos que no merece la pena y seguramente no la merezca. Pero será la hostia’. En algún sitio, algún día y por algún motivo leí esta cita y me hizo darme cuenta de qué clase de finales me gustan: me gustan los finales en los que el quiero gana la batalla del puedo.

Quizás sea por eso que admiro a ese chico que, perdido en las caderas que bailan al son de Nina Simone, se queda deliberadamente en tierra; por eso indulto a Jules a Jim y a Catherine, sobre todo a Catherine, y dejo que suban a ese coche destruyendo el equilibrio más perfecto jamás contado; por eso dejo que Xavier Dolan me zarandee por hombros y el alma en esa última carrera por un pasillo de hospital mientras me zambulle con sus propias manos en un oasis que, como en el desierto, no es más que un espejismo; quizás por eso disfruto de esa especie de ‘no me acuerdo de olvidarte’ entre Joel y Clementine en el que su propia cobardía les hace volver a equivocarse para volver a acertar, quererse como la primera vez, volver a Montauk; puede que por eso perdone a Matilde que yace en lo más profundo del río por miedo a que llegue el día en el que sólo la ternura reine en su casa y eso, señores, no será suficiente; en el fondo, aunque sea un truco, sé que es por eso que quiero a Jep Gambardella, porque fue incapaz de volver a garabatear en un papel debido a esa búsqueda frustrada de la gran belleza; por eso salvo a los cazadores que brindan con ojos arrasados y corazón esquilmado cuando es uno de los suyos la pieza caída: to Nick; en el fondo más superficial de mi sentir sé que no hay final como un abrazo apretado, sentido, justo, medido y cabal porque, al fin y al cabo, todos queremos que nos encuentren.

Lo sé, no hay final ni despedida que no sea el principio de otra historia.  Pero, no lo negaréis, cómo escuecen los condenados.

Montauk

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