El año acaba, el vino continúa

el

Se va.

Se va para no volver y uno tiende a hacer balances, como si tuviéramos tiempo de hacerle cambiar de opinión, de atar algún fleco suelto o de dejar alguna para septiembre en caso de no aprobar.

En la vida, como dice José Sacristán en ‘Madrid, 1987’, en la vida no hay septiembre que valga aunque él lo dejara todo para ese mes por el que se pelean el verano y el otoño.

Intento pensar en grande y remontarme 360 días atrás. Puede que no recuerde cada detalle que en su día fuera importante pero me resulta muy fácil hacer una radiografía de este 2015: año de cambios, llegadas, alguna despedida y buena salud (virgencita, virgencita, que me quede como estoy)

Por ejemplo, el 2015 me regala los oídos con ese ‘tía Marta’ que he escuchado por primera vez  y con ese ‘nosotros’ al que a veces recurro al hablar de ti y de mí; he probado el sabor de las tres estrellas en Donosti y he conocido un restaurante sin salida de humos pero con un póster de Jacques Tati; he visto a Quique González sobre un escenario y he cantado a los pies de un piano de cola de más de cinco metros; he pisado Santander, Formentera, Lisboa y Gante por primera vez y he viajado a Segovia como si los años no hubieran pasado, aunque ya fueran 7 y empecemos a peinar canas; he visto cómo mi abuela empieza a cumplir los años de dos en dos y de tres en tres y cómo Adriana atiende por su nombre para sonreírte con esa cara que te alivia la vida; he visto a mi hermano volver y a mis padres seguir aquí, que es lo más importante;  he visto a Sabina vestir un traje verde mientras le cantaba a la Magdalena y a Serrat susurrarle a Lucía ante cientos de personas; he sentido cómo es que un amigo te encargue el escrito que abrirá su exposición y he sido jurado de un festival; he visto a un amigo retirarse, no muy lejos, pero yo así lo siento y al resto acercarse cada día más a pesar del tiempo y sus ganas de escaparse; voté por el cambio y una tal Manuela me lo hizo tocar con los dedos (¿cómo no se va a poder, leñe?); he visto a mis mejores amigos ceder ante la treintena y yo, por solidaridad, he acabado cediendo también; me he atrevido a llevar el pelo tan corto como para poder engominármelo, he cantado Mediterráneo en un barco mientras el sol se escondía detrás de la catedral, me han dedicado una canción de Calamaro desde lo alto de un escenario y he visto a Marty McFly llegar al futuro.

Nada mal. Pero es que hay más, mucho más.

La ventaja que tenemos lo que vivimos las salas de cine con la misma intensidad que nuestros logros, es que un año da para muchísimo.

Darbon

Del 2015, me quedo con la valentía que me regaló como para poder enfrentarme (POR FIN) a Leos Carax, su Mala sangre, sus amantes del Pont Neuf y su Holy Motors, bendita locura que guardo para mí, para siempre; me quedo con Jonás Trueba (SIEMPRE) y ‘Los exiliados románticos’ desde la Cineteca de Madrid con música en directo de Tulsa y su modernidad; me quedo con la vuelta de Sorrentino (tú nunca te has ido) y La Giovinezza entera y con piel; me quedo con la vuelta de Lanthimos y su mundo sórdido e inteligente que quiero lejos pero quiero mucho; con las lágrimas por Un otoño sin Berlín, Truman y La novia, ese cine que se piensa y se sufre; con ‘Girlhood’ y el mejor retrato que he visto de los tormentos de la adolescencia al son de ‘shine bright like a diamond’; me quedo con la sensación de haber pasado una noche en Berlín con Victoria y sin salir de casa; con las conversaciones desde un balcón de La Habana sobre Ítaca; me quedo con Mapa de León Siminiani porque alguien que juega a ‘las pelis de Truffaut’ y tiene un póster de Jules et Jim en el salón, no merece menos; me quedo con ESA escena de ‘La mejor oferta’ de Tornatore en la que el mundo se (le) desmorona, sí, pero sin Bogart y Bergman a punto de coger un avión; me quedo con que la película más inteligente, tierna y conmovedora que he visto este año es de dibujos y amor, mucho amor; me quedo con la satisfacción de haberle explicado a alguien mediante la trilogía de Truffaut porqué siempre quise ser Darbon y no cualquier otra de las conquistas de Doinel; me quedo con el desgarro de Amy y la rabia del después; me quedo con el placer de haber descubierto, 30 años después, dónde se pierden las lágrimas en la lluvia, haber llorado ‘Paris, Texas’ en pantalla grande y de haber vuelto a hablar con E.T, aunque fueran dos palabras.

Este año me han regalado ‘El Sur’, ése que se toca sólo para poder echarlo de menos.

Pero si algo ha pasado este año, es que he vibrado con la tarara ‘porque me arrastras y voy y me dices que me vuelva y te sigo por el aire como una brizna de hierba’.

¡Por un año lleno de briznas de hierba de las que vuelan pero siempre vuelven!

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