“Todos queremos algo”… Pero no precisamente esto.

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Todos queremos algo, o “la nueva de Linklater”, se coló en mi lista de decepciones del año a los quince minutos de haber empezado la proyección. Al finalizar, la película encabezaba esa lista de dudoso valor, totalmente subjetiva, pero tan cierta (o más) que los top que haremos a fin de año. Llevo dándole vueltas a mi enfado desde que salí del cine. Así que, spoiler, esto no es una crítica.

Heredera directa de Movida del 76 (Dazed and confused), puede que sea requisito tener cariño a la madre para apreciar al hijo. O puede que, simplemente, no te guste una y que la otra te parezca directamente insultante. De entrada, es posible que lo más alejado a una mujer/economista/bordeando-los-cuarenta sea un crío/preuniversitario/voy-a-la-universidad-para-jugar-al-béisbol. Evidente. Pero no lo es menos que, en parte, la magia del cine reside en acercarnos a personajes/historias que culturalmente, o por edad, o por situación geográfica (o por un largo etcétera) nos resultan inicialmente lejanos.

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Más allá de consideraciones generacionales, mi principal problema con la película no es tanto en lo que cuenta sino en como lo cuenta. De forma, más que de fondo. Sea por guion, sea por dirección, ese problema tiene nombre (Richard) y apellido (Linklater). Creo que se puede relatar la juega de este grupo de jóvenes con las hormonas alborotadas sin que dicho desorden se traslade al otro lado de la cámara. Se podría disculpar con el “son cosas de la edad” los chistes machistas en boca de los protagonistas, pero no los planos innecesarios de culos de chicas en bikini. Y de la (totalmente innecesaria) lucha en el barro mejor hablamos otro día. ¿Qué aportan a la película? Nada. Desde el minuto cero nos ha quedado claro de qué van los protagonistas, la pena es descubrir que el director celebra cada chiste, lo hace suyo y lo amplifica. Así que la pega no está en los personajes, sino más bien en el hecho de que cada decisión que toma el director subraya (¿celebra?) cada chascarrillo.

La cuestión fundamental es el separar la forma y el fondo, una frontera que en esta película se va encogiendo según avanza, hasta diluirse por completo. El estar en misa y repicando al mismo tiempo puede funcionar en ocasiones, pero no aquí. El director, no sabemos si consciente de su propio descarrilamiento, trata de poner remedio al mal principal con unos últimos diez minutos finales edulcorados y cargantes. Pero no cuela.

La próxima vez será, Richard.

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