Kore-eda Hirokazu: el contador de fábulas (reales)

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Cualquier cinéfilo conoce esa sensación que, en contadas ocasiones, nos genera una película. Esa que se produce de forma inesperada, cuando eres consciente de que esa cinta ha logrado cambiar la forma en la que verás el cine a partir de ese momento. En 2013, en el Festival de San Sebastián, tuve esa sensación. Entré en una sala para ver una Perla y salí habiendo visto la película de quien se convertiría rápidamente en uno de mis directores favoritos.

Y es que la primera vez que vi en persona a Hirokazu Koreeda fue antes de asistir al pase de una película suya por primera vez. Una noche de septiembre de 2013, o medianoche para ser más exactos, en el K2. Era mi primer Zinemaldia y me disponía a ver De tal padre, tal hijo. Sentada entre Carlos e Imanol, asistía con cierta incredulidad a los nervios y ganas con que ambos esperaban que comenzara la película. A pesar de las horas, el director y el protagonista (Masaharu Fukuyama) aparecieron en el escenario del Kursaal para presentar la cinta. La sala, repleta, rompió a aplaudir con ganas. Y yo, aplaudía sin entender la razón de tanta devoción antes de ver una película. Posiblemente transcurrieran menos de veinte minutos cuando empecé a darme cuenta de que ese no sería un pase más

 

De tal padre, tal hijo me emocionó muchísimo en su momento, pero me he resistido hasta hace muy poco a volverla a ver. Quizás porque pensaba que las sensaciones que me provocó aquel primer visionado no se repetirían. No me equivocaba. Pero como me pasa siempre con las películas del realizador japonés, la segunda vez las veo aún me gustan más. Cuando al poco de volver del Festival de 2013 vi Nadie Sabe no me quedó ninguna duda de que Koreeda se iba convertir en un director importantísimo para mi.

Kore-eda, como he ido descubriendo estos años, no desarrolla sus películas como justificantes de sus ideales o de su forma de entender ciertos temas tan fundamentales como complicados (qué es la familia, los lazos de sangre, etc.). Si algo logra conmoverme en sus películas es la sencillez con la que se acerca a esos temas, la sinceridad carente de alardes con la que logra convencernos de la necesidad de ponernos en la piel del otro.

Koreeda

Este año ha presentado Shoplifters, una película tan sencilla en apariencia y tan rica en matices de la que, tras su pase en el Festival de Cannes, intenté escribir un texto que le hiciera justicia, que resumiera lo inmensa que me pareció cuando ocupa espacios pequeños. De como todas las grandes películas que ya ha hecho Kore-eda le han traído hasta aquí, sin que tengamos la sensación de que es otra película más que habla de la familia. No lo conseguí. Y no creo que lo consiga nunca. Porque con sus películas Kore-eda apela, y despierta, sentimientos que son muy difíciles de abarcar y volcar en un texto. Y, ahora que lo pienso, me doy cuenta de que escrito muy pocas veces sobre sus películas y muchas más sobre lo que me han provocado.

En mayo, Cate Blanchett le entregó la tan merecida Palma de Oro. El domingo será el turno de recibir el Premio Donostia. Estaremos de nuevo ahí Imanol, Carlos y yo para verle recoger un premio que creemos merecidísimo.  No tengo ninguna duda de que aplaudiremos a rabiar. Y esta vez no habrá incredulidad, sino la certeza de que, por muchos premios que reciba, con cada una de sus películas al final salimos ganando nosotros.

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