[69 SSIFF] Tercera Jornada. Simon, Cantet y la palabra

Día de gala para el cine galo. El de realizador, no el de las comedias que reúnen a cinco millones de espectadores. Y aunque ninguna de las dos propuestas han logrado el aplauso unánime mantienen el nivel de la Sección Oficial

“Vous ne désirez que moi”: dueña de sus silencios y esclava de sus palabras

Yann Andréa fue primero un apasionado y obsesivo seguidor del trabajo de Marguerite Duras. Pasó a ser un amante epistolar y acabó como el amante sometido a la personalidad arrolladora de la escritora. En 1982, tras dos años de convivencia con Duras, Andréa concedió una entrevista en la que relató su relación de anulación y sometimiento. Esa entrevista, relatada en 95 minutos, es el argumento de la película de Claire Simon. 

Salvo un par de momentos en casa de la periodista que llevó a cabo la entrevista, la película se desarrolla en la habitación de Andréa. Lo reducido del espacio en el que se desarrolla la película ya es un condicionante enorme al desarrollo de la película. Como lo es el hecho de solo alejarse de la entrevista para mostrarnos algunos momentos de grabaciones reales de la propia Duras. Toda la atención descansa en el amante sometido y a pesar de que Emmanuelle Devos, como periodista, y sobre todo Swann Arlaud como Andréa hacen un buen papel, recae sobre ellos la responsabilidad de ser prácticamente lo único que el espectador verá en pantalla. 

La película es víctima de su propio planteamiento y resulta muy poco lucida en lo que a imagen y fotografía se refiere. Claire Simon ha apostado por el menos es más, pero en este caso menos sigue siendo menos. El relato de la sumisión del amante solícito queda como la curiosidad de ser la cara opuesta a los más habituales relatos de sometimiento femenino. Y aunque el espectador llega a sentir lástima por ese ser destrozado, no logra empatizar tanto como podría de estar planteada la película de otra manera. 

“Arthur Rambo”: en Twitter también se escribe con tinta

En un momento de “La Red Social” (David Fincher, 2010) el personaje interpretado por Rooney Mara, Erica Albright, le dice a Mark Zuckerberg algo como que “en internet no se escribe con lápiz, se escribe con tinta”. Y es algo que saben los políticos, que ante un inminente nombramiento se dedican a borrar cuanto tuit comprometedor puedan tener.

El protagonista de “Arthur Rambo”, Karim D, no tiene los reflejos necesarios para eliminar una segunda cuenta de Twitter en la que bajo el anonimato del alias que da título a la película escupe soflamas antisemitas, homófobas y misóginas. Una cuenta en la que cada mensaje incendiario le reporta más seguidores. Y cada seguidor alimenta un poco más ese ego de hijos de inmigrantes que tiene sentimientos encontrados hacia la sociedad que le acoge. Cuando la publicación de su libro parece catapultarle a la fama y le abre las puertas de todo evento social que se precie, así como a contratos editoriales lucrativos, parece que por fin Karim D supera sus orígenes humildes. La filtración de esa cuenta de twitter dará al traste de manera fulminante con todo eso. 

Cantet decide construir Roma en medio día y destruirla por la tarde: todo sucede tan rápido y sin apenas transición entre las palmadas en la espalda y la expulsión del paraíso del que el protagonista solo llega a conocer la puerta de entrada, que parece claro que el relato no es más que una excusa sobre la que construir la moraleja final. Mientras, diálogos un tanto inverosímiles y situaciones que suceden a una velocidad extraordinaria para demostrar que la tinta de internet no se borra. 

Y a pesar de que el mensaje queda claro, la película es una oportunidad desaprovechada. Cantet tiene tanta prisa en demostrar que ciertas transgresiones no quedan impunes que descuida muchos aspectos de la película. Uno de los más molestos es el montaje. Se equivoca agilidad con cierta dejadez en la forma en la que se pasa de una escena a otra. Y si bien el trabajo de cámara no es una de las principales virtudes de las películas de Cantet, en este caso el resultado es muy plano. Demasiada verborrea para demostrar que algunos callados estarían mejor. 

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