Y tú, ¿de quién eres?

el

Me apellido Pérez.

Así, pelado y mondado, Pérez. Que está muy bien, ojo, no me malinterpretéis, con su tilde, su z, sus dos ‘es’ y su toque patrio con olor a torrezno y a millones de españoles. Eso sí, nunca en la vida he dicho mi nombre y alguien se ha descolgado con un ‘¿Ajá, tú no serás hija de…?’ ¡NO! ¡NUNCA! Pasa completamente desapercibido, puedo ser hija de cualquiera. De un mecánico, de un profesor o de mi padre que, casualmente, no es ninguna de las dos cosas pero podría serlo, ¿por qué no? No hay Pérez al que se le resista ninguna profesión. Somos muy versátiles, comunes pero versátiles.

Ella, sin embargo, no pasa desapercibida y es que hay gente que nace con la profesión y la responsabilidad tatuada en el ADN. Ella llegó con una claqueta debajo del brazo y un padre que alternaba cabezas de caballo con cannolis mientras le cantaba nanas convertidas en tarantelas.

A pesar de las múltiples diferencias, tenemos alguna cosa en común. Por ejemplo, a ninguna de las dos se nos conoce una carrera meteórica en el mundo de la interpretación pero debutamos en la (gran) pantalla y no lo hicimos precisamente ni de la misma manera, ni con la misma clase. Mientras que yo -una Pérez- aparezco en una grabación de dos horas con la cámara fija en un arroz a banda con la familia (mi tío –que también es Pérez- no quiso rodar un plano secuencia reventando la Nouvelle Vague, sino que se olvidó de que la cámara seguía grabando), ella -una Coppola- aparece en, redoble de tambores, El Padrino. Nada, minucias.

Vivir con la certeza de que contra ese pequeño detalle no podré competir NUNCA, no es fácil.

Y me diréis, ¡pero, Marta, no te flageles, su primo es Nicolas Cage! ¡NI-CO-LAS-CA-GE! Y en ese momento, respiro un poco aliviada pero no, ella sale en El Padrino, yo no. Así, sólo por nacer y encontrarse con el apellido Coppola y no el Pérez. 

Sofia cámara

Buscando, rebuscando, contrastando e invirtiendo años de duro trabajo en el campo de la investigación, he encontrado otra cosa en común. Nos enamoramos. Sí, señores, las dos nos enamoramos.

Una Pérez se enamora, vaya sí se enamora, del niño con escayola del campamento, del ‘buenecillo’ del equipo de baloncesto (el capitán sería un exceso), del gracioso de la universidad, del compañero de trabajo que será (seguro) un padre excelente e incluso se enamora en el extranjero durante ese año que se fue a aprender inglés (en esa época aprendió a escribir los hashtags en inglés, qué creíais). Mientras que ella, ella se enamora de Quentin Tarantino que, además de ser el padre de Pulp Fiction y el creador de Mia Wallace, le regaló un León de Oro en Venecia por  ‘Somewhere’  o de Spike Jonze, del que se dice que la utilizó como musa para crear, escribir y dirigir una maravilla como HER, una carta de amor al cine, a la estética y a la deliciosa conversación que es la vida en pareja (a mí, sin embargo, me llevaron a Venecia y compartimos góndola con una pareja de murcianos y el niño de la escayola del campamento, me dejó escribir en la parte central del brazo derecho que no está mal, vamos)

Y en este punto, cuando sé que no tenemos nada más en común y podría chapotear en el más profundo de los odios, retozar en el rencor que se enquista en los poros y llorar por lo que nunca podré ser, me doy cuenta de que no puedo. Me doy cuenta de que la quiero. Quiero a Sofia Coppola.

Empecé a quererla el día que conocí a sus vírgenes suicidas presentadas en esa atmósfera espesa, densa y envolvente que sonaba a años 70 y vestía camisones de organdí y mojigatería. Sentí la punzada en el momento en el que utilizó ‘Hello it’s me’ en la voz de Todd Rundgren como declaración de intenciones. La hijísima decía ‘Hello it’s me’ dando un golpe de efecto y talento. Se zafaba de Mary Corleone y de aquel ‘affaire’ con Andy García -el don más caposo de los Corleones- para siempre y sentaba las bases de su propio arte.

Cuando los escépticos y agoreros ya empezaban a carraspear dejando caer que su ópera prima podría haber sido un golpe de suerte,  llegó ella con la clase de quien no tiene la necesidad de demostrar nada, con la elegancia discreta y sencilla de la seguridad, con su as en la manga, con su menos es más, con su ‘tranquilos, lo mejor estaba por llegar’.

Y, por arte de magia, en 2003 nos regaló Lost in translation. Deliciosa, fresca, pura, divertida. Su principio, su final, su entretanto. Sus abrazos y sus (no) palabras que no necesitas escuchar, sólo sentir. Lost in translation es el echarse de menos, el querer, el respetar, las concesiones, la paciencia y el amor generoso y desprendido.

Bob

Los hay que dicen que ese fue su techo, su momento álgido. Y sí, puede que no sea capaz de superar ese abrazo entre Bob y Charlotte, quizá sea muy complicado volver a grabar la vida, volver a enamorarse de sus actores y de su naturalidad, volver a encontrar a un Bill Murray soberbio y a una Scarlett sencilla y contenida, quizá sea imposible volver a rozar la perfección.  No me importa. Sofia me regala momentos. La reconozco en cada película, en cada destello de brillantez que se saca de la genética.  La reconozco en el ritmo y la estética de María Antonieta, en la perfección de Cleo de Marco en Somewhere , en ESE te debajo del agua con Julian Casablancas poniendo la música mientras ella se encarga del arte, la reconozco incluso en ese spot que hace que quiera que llegue navidad sin haber llegado a pisar aún la playa.

Cartier Bresson, acostumbrado a poner el ojo en el objetivo, afirmó que el cine le había enseñado a ver. A mí me ha enseñado que la sensibilidad y la estética no entienden de apellidos y puede que, en el fondo, los Pérez y los Coppolas no seamos tan distintos.

 

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