Música, maestro.

el

–   Vamos a llorar.

–   Lo sé. Contesté.

Youth 5

Ésa fue la primera conversación que mantuve después de ver los primeros destellos de La Giovinezza, ahí cuando sólo podía encomendarme a dios y un poco más al diablo para que el reloj avanzara y me trajera envuelta en papel de estraza la nueva película de Paolo Sorrentino.

Y, no sé qué debió moverse entre dioses y diablos, pero la espera fue más corta de lo (des)esperado: en el pasado festival de cine de Gante, Bélgica, vi La Giovinezza y, tal y como vaticiné, la lloré con todo el cuerpo.

La lloré como suelo llorar en una sala de cine. Tapada, contenida, disimulada, casi a escondidas, estética, A GUSTO. Intenté, lo confieso, que mis lágrimas estuvieran a la altura de quien las provocaba pero el pulso, la firma y la elegancia de Sorrentino son difíciles de igualar aunque sea a base de lágrimas de las que brotan bien, enteras, redondas, rotundas.

Me gusta pensar que ver una película es un proceso que va mucho más allá de sus minutos de metraje. Una película empiezas a verla en cuanto asoman las primeras ganas, al esperarla, al comentarla, al buscarla y, sobre todo, al desearla.

Empecé a ver La Giovinezza hace mucho tiempo, la hice mía al son de unos dedos que hacían bailar un envoltorio de caramelo y, como por arte de birlibirloque, Paolo Sorrentino debió acampar en mi cabeza durante una temporada para saber con exactitud cómo me la imaginaba, cómo quería que sonara –porque suena mucho y suena bien-, cómo quería que vistiera -elegante y sofisticada-, cómo quería que fuera su sabor -amargo, ácido, añejo y nuevo en cada mordisco- y, con la combinación de toda esa información, fue capaz de mejorar la (perfecta) película que yo creía mía.

Youth 4

Enmarcada en un hotel de los Alpes -de esos en los que purgar estrés y pecado-,  multitud de personajes de diversa índole conviven en este retrato surrealista pero cargado de verdad y emoción. Matrimonios hastiados pero con pasión, belleza al servicio de la mente, juventud al servicio del cansancio, dioses zurdos convertidos en hombres, artistas que viven de glorias pasadas y el tiempo, siempre presente.

La Giovinezza no es una película sobre el tiempo, La Giovinezza es el tiempo, el que pasa, que queda, el que se escapa, el que falta y el que ya no volverá. Ese tiempo inexorable y cruel es Michael Cane y también Harvey Keitel. Ellos, además, son la pasión, la ironía, la inteligencia y la fidelidad. Son la amistad y el buen gusto, son los remordimientos y la resignación, son las ganas y el cansancio. Son, sin duda, la belleza que a veces hay que perderla, aunque sólo sea para tener la ilusión de volverla a encontrar.

Michael Caine;Madalina Ghenea On the Nightly set of Sorrentino film - Youth Venice Italy 03-07-2014 © FameFlynet_Italy/SGP id 91746_002 *not exclusive

He perdido los mejores años de mi vida . Usted dijo que las emociones están sobrevaloradas , pero las emociones son todo lo que tenemos’.

Bajo esa premisa Sorrentino repite fórmula: apuesta todo a la emoción y a la estética dotada de significado. Crea una cinta que vibra de principio a fin, pomposa, excesiva, con algún que otro plano inconexo que no de más, barroca, febril pero irresistiblemente magnética y (des)equilibrada.

Es una mirada a la vejez que pasa inevitablemente por la juventud, tan ansiada, tan añorada. Habrá quienes se pasen la vida buscando la gran belleza en la juventud, eso sí, corren el riesgo de no encontrarla jamás porque recordad, la juventud es única.

La Giovinezza duele, La Giovezza engancha, La Giovinezza, sin duda, te deja con ganas de más.

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